"Cuando quitéis este cuadro diréis: ¡dónde estará el que lo puso! Año de 1781". Son las palabras que nos dedica el zaragozano Tomás Ferrer, autor de los frescos del patio del Hospital de San Juan de Dios de Granada. Las dejó secretamente escondidas tras uno de los lienzos, como en una cápsula del tiempo, pensando en cuando fueran leídas en el futuro con la ruina del Hospital.
“Se retrata el barrio predilecto / de los amigos de las Musas / el Albaicin famoso / congregados estos por Afán de Ribera / en su huerto de las Tres Estrellas”
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sábado, 25 de mayo de 2019
viernes, 15 de febrero de 2019
Las Puerta de Moria de Granada
¿Sabíais que la mágica Granada tiene su particular "Puerta de Moria" en la antigua abadía del Sacromonte? Aquí la tenéis de día, desprovista de todo el musgo que la protegía hace unos años. Cuentan que en las noches en las que coincide la luna llena con el solsticio de invierno brilla con más fuerza que la plata más pura.
domingo, 12 de marzo de 2017
La Casa de los Mascarones
Las cabezas monstruosas que colgaban de la fachada debían servir de aviso para todo aquel que se aproximara: eran los guardianes de un paraíso cerrado para muchos; de un jardín abierto a pocos.
Titanes que sujetan la bóveda celeste sobre sus hombros. El sueño de un místico que quiso vivir en el Edén del Profeta cuando ya se había apagado el canto del último almuédano de Granada y discutir sobre Teología y Filosofía como un Epicuro sin las rigideces que imponen la negra sotana que viste. Quiso transcribir en la piedra los versos que escribió sobre los amores de Adonis y Venus.
Titanes que sujetan la bóveda celeste sobre sus hombros. El sueño de un místico que quiso vivir en el Edén del Profeta cuando ya se había apagado el canto del último almuédano de Granada y discutir sobre Teología y Filosofía como un Epicuro sin las rigideces que imponen la negra sotana que viste. Quiso transcribir en la piedra los versos que escribió sobre los amores de Adonis y Venus.
lunes, 6 de marzo de 2017
El dios Airón (II)
Un desfile de sombras recortadas por el fuego se retorcían, de uno a otro lado, al son de cítaras, aulos y gemidos cada vez más intensos. En aquel salón, levantado según unos orientales les habían indicado, danzaban y bebían llenos de regocijo los elegidos por la Triple Diosa en la más profunda intimidad. Estaban de celebración. Tres nuevas jóvenes habían sido aceptadas por Deméter, la Dea Mater, que presidía la sala en forma humana ataviada con el largo vestido de los íberos, tocado desde lo alto de la cabeza a los pies con gran colorido, plagado de collares de oro repletos de medallones, recordando a aquella Madre que preside el altar más sagrado de Éfeso. Con ojos terribles y mirada hierática ella sonreía mientras se tambaleaban sus adoradores con movimientos cada vez más violentos. Pronto afloraría la naturaleza más salvaje y fiera del hombre. Al son del fuego aquella corte de ménades y sátiros empezaron a quebrar las ánforas de oriente, y los vasos comenzaban a volar sin apenas haber tocado el dulce vino tracio mezclado con aquella miel ática.
Artículo sobre el depósito de Calle Zacatín: http://ler.letras.up.pt/uploads/ficheiros/14357.pdf
De súbito, a un gesto de la sacerdotisa las antorchas se apagaron y aquella noche de luna nueva sumió al séquito de bacantes en la más profunda oscuridad. Una lucerna se iluminó al fondo del patio, y titileante se dirigió hacia la boca del túnel que se abría en su extremo. Los manes de terracota parecieron girar sus ojos, y sólo protegidos con pieles de leopardo aquellos seres poseídos por daimones alzaron sus manos y portaron consigo las copas más preciadas. Descendieron a los pies del recinto sagrado hasta que una forma con apariencia de bestia les detuvo. Dos poderosos cuernos revelaban que era él, Término, Acheloo, el dios padre con forma humana, al que algunos griegos luego llamaron Gerión en Iberia. A sus pies había una grieta, y todos sabían lo que debían hacer. La vajilla ritual, traida de Eubea y Delfos, debía ser enterrada para sellar el lugar y aplacar al genio de Ilturir. Como relámpagos cayeron las copas al unísono, y la figura desapareció. Un temblor selló la brecha. El séquito, tras recuperar el aliento, volvió a recuperar el ánimo y el aedo, con un canto en la lengua de los iliberritanos, se adelantó para presidir la comitiva. Y así, cruzando el río sagrado que separaba la ciudad de los vivos y de los muertos, dirigió sus pasos hacia el bosque sagrado que lúgubre se levantaba frente a la ciudad de Ilíberis, la de ocres muros.
Justo a las puertas del nuevo milenio, en 1999, los arqueólogos hallaron en la calle Zacatín los restos mudos de aquel ritual sobrecogedor. Cerámicas áticas de barniz negro y figuras rojas, vidrios de lujo, entregados a una divinidad desconocida en una ceremonia olvidada. El sello había sido roto después de dos milenios, pero el espíritu que los recibió llevaba ya siglos despierto, en silencio, pese a que su cuidad haya mudado de nombre pero no de símbolo. La granada, como bien sabían los investigadores del equipo que envió la universidad, era uno de los atributos de Perséfone y Plutón, señor de los infiernos. La cara deforme y monstruosa que hallaron en una de aquellas copas era su atributo más arcaico, más primitivo y también el símbolo de aquella Ilíberis o Iliberri que hoy es Granada.
Artículo sobre el depósito de Calle Zacatín: http://ler.letras.up.pt/uploads/ficheiros/14357.pdf
Una de las copas halladas en el depósito de Calle Zacatín (p. 33 del artículo)
Una de las monedas de la ceca ibérica de Ilturir/Iliberis/Iliberri (Granada)
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martes, 21 de febrero de 2017
El dios Airón (I)
El dios Airón (I)
Era julio de 1431, y nuestros soldados, derrotados, huían del desastre que acababa de sorprenderles. Lanzas rotas y adargas ensangrentadas regaban las acequias de la vega. Los caballos corrían sin jinete que los guiara y, en medio del caos, los caballeros infieles avanzaban sin resistencia alguna arrasando todo a su paso. ¿Qué habíamos hecho, oh Allah, para merecer esto? No sin grandes penas conseguimos refugiarnos tras las imponentes defensas de Puerta Elvira y Birrambla... Pero Granada ya no era un sitio seguro. Creíamos que podríamos descansar bajo las soberbias murallas que construyeron nuestros abuelos... ¡qué ingenuos habíamos sido! A medianoche supimos que el verdadero mal estaba dentro, y no fuera, de nuestros muros.
El rey de los cristianos, Juan II, lo tenía todo a su favor: la perla de Andalucía, indefensa, estaba al alcance de su mano. Pero aquella noche los centinelas prestaban más atención a la colina del Mauror que a la multitud de antorchas que iluminaban nuestra vega como un mar de estrellas. Nadie, fuera o dentro de Granada, pudo conciliar el sueño. Grandes destellos y fuertes llamaradas estallaban por detras de la Alhambra, iluminando las Torres Bermejas desde las profundidades de las mazmorras que perforaban sus cimientos. Y luego... luego algo comenzó a sacudir el suelo una y otra vez. “La tierra se estremecía con grandes vaivenes y subterráneos bramidos y truenos que en sus entrañas se oían, atemorizaba á los más valientes, y todos esperaban grandes cosas”, llegó a escribir Fernán Gómez de Ciudad Real, unas décadas después.
Allí, convocados por el emir de los creyentes, se había reunido el consejo de ulemas y alfaquíes, presididos por un extraño sufí al que el pueblo respetaba y por cuya oscura fama el rey había desterrado a los yermos de Guadix y Baza... La situación era desesperada, ¡después de 700 años, los últimos musulmanes resistían en Granada sin más esperanzas que las de un ritual en la sombra, en el maldito Mauror!
Al amanecer la magia del morabito no se hizo esperar más. Los pilares de la Granada milenaria se quebraron. Con una violencia procedente de lo más profundo del infierno se hundieron las casas, se arruinaron las defensas y algunas de las más altas torres desaparecieron bajo una espesa nube que cubrió Granada como un espejismo.
Mohammed IX había conseguido salvar la ciudad, aunque a un alto precio. “En este tiempo tembló la tierra en el real del Rey, y en Granada se cayó parte del Alhambra;... fue tan grande este temblor y tantas veces que no había memoria de gentes que uviesen visto otra cosa semejante”, recordaba el soldado Alonso Barrantes Maldonado. Y fue tal su violencia que los cristianos huyeron despavoridos con tal pánico que ni siquiera se fijaron en que la ciudad que dejaban a sus espaldas estaba completamente a su merced. ¿Qué horror habían despertado aquellos magos cubiertos con turbantes?
Las murallas habían quedado arruinadas con brechas por doquier, las mezquitas habían perdido sus alminares y no podíamos rezar a Allah, mas... ¿acaso él había venido a socorrernos? ¡No! ¡Él no fue quién nos salvó del desastre, sino una fuerza largo tiempo olvidada! Incluso el hermoso palacio de cúpulas de lapislázuli que Muhammad V ordenó levantar en los Alixares había sido arrasado, quedando sus maravillas perdidas para siempre.
El daño fue tal que cuando los Reyes Católicos conquistaron la ciudad, aún ésta mostraba las heridas sin cicatrizar de aquel conjuro. Unas heridas que sin embargo habían conseguido mantener Granada bajo el poder de los musulmanes medio siglo más... Y para entonces, cuando los reyes cristianos quisieron saber el origen de aquel terremoto, el silencio de los más ancianos fue lo único que encontraron. Sólo bajo amenaza de muerte, algunos de los más sabios llegaron a responder a los reyes con una fría y sarcástica sonrisa. Éstas fueron las únicas palabras que pudieron arrancarles: "Buscad, buscad en los archivos de la Madraza si de veras queréis saber la Verdad..."
Era julio de 1431, y nuestros soldados, derrotados, huían del desastre que acababa de sorprenderles. Lanzas rotas y adargas ensangrentadas regaban las acequias de la vega. Los caballos corrían sin jinete que los guiara y, en medio del caos, los caballeros infieles avanzaban sin resistencia alguna arrasando todo a su paso. ¿Qué habíamos hecho, oh Allah, para merecer esto? No sin grandes penas conseguimos refugiarnos tras las imponentes defensas de Puerta Elvira y Birrambla... Pero Granada ya no era un sitio seguro. Creíamos que podríamos descansar bajo las soberbias murallas que construyeron nuestros abuelos... ¡qué ingenuos habíamos sido! A medianoche supimos que el verdadero mal estaba dentro, y no fuera, de nuestros muros.
El rey de los cristianos, Juan II, lo tenía todo a su favor: la perla de Andalucía, indefensa, estaba al alcance de su mano. Pero aquella noche los centinelas prestaban más atención a la colina del Mauror que a la multitud de antorchas que iluminaban nuestra vega como un mar de estrellas. Nadie, fuera o dentro de Granada, pudo conciliar el sueño. Grandes destellos y fuertes llamaradas estallaban por detras de la Alhambra, iluminando las Torres Bermejas desde las profundidades de las mazmorras que perforaban sus cimientos. Y luego... luego algo comenzó a sacudir el suelo una y otra vez. “La tierra se estremecía con grandes vaivenes y subterráneos bramidos y truenos que en sus entrañas se oían, atemorizaba á los más valientes, y todos esperaban grandes cosas”, llegó a escribir Fernán Gómez de Ciudad Real, unas décadas después.
Allí, convocados por el emir de los creyentes, se había reunido el consejo de ulemas y alfaquíes, presididos por un extraño sufí al que el pueblo respetaba y por cuya oscura fama el rey había desterrado a los yermos de Guadix y Baza... La situación era desesperada, ¡después de 700 años, los últimos musulmanes resistían en Granada sin más esperanzas que las de un ritual en la sombra, en el maldito Mauror!
Al amanecer la magia del morabito no se hizo esperar más. Los pilares de la Granada milenaria se quebraron. Con una violencia procedente de lo más profundo del infierno se hundieron las casas, se arruinaron las defensas y algunas de las más altas torres desaparecieron bajo una espesa nube que cubrió Granada como un espejismo.
Mohammed IX había conseguido salvar la ciudad, aunque a un alto precio. “En este tiempo tembló la tierra en el real del Rey, y en Granada se cayó parte del Alhambra;... fue tan grande este temblor y tantas veces que no había memoria de gentes que uviesen visto otra cosa semejante”, recordaba el soldado Alonso Barrantes Maldonado. Y fue tal su violencia que los cristianos huyeron despavoridos con tal pánico que ni siquiera se fijaron en que la ciudad que dejaban a sus espaldas estaba completamente a su merced. ¿Qué horror habían despertado aquellos magos cubiertos con turbantes?
Las murallas habían quedado arruinadas con brechas por doquier, las mezquitas habían perdido sus alminares y no podíamos rezar a Allah, mas... ¿acaso él había venido a socorrernos? ¡No! ¡Él no fue quién nos salvó del desastre, sino una fuerza largo tiempo olvidada! Incluso el hermoso palacio de cúpulas de lapislázuli que Muhammad V ordenó levantar en los Alixares había sido arrasado, quedando sus maravillas perdidas para siempre.
El daño fue tal que cuando los Reyes Católicos conquistaron la ciudad, aún ésta mostraba las heridas sin cicatrizar de aquel conjuro. Unas heridas que sin embargo habían conseguido mantener Granada bajo el poder de los musulmanes medio siglo más... Y para entonces, cuando los reyes cristianos quisieron saber el origen de aquel terremoto, el silencio de los más ancianos fue lo único que encontraron. Sólo bajo amenaza de muerte, algunos de los más sabios llegaron a responder a los reyes con una fría y sarcástica sonrisa. Éstas fueron las únicas palabras que pudieron arrancarles: "Buscad, buscad en los archivos de la Madraza si de veras queréis saber la Verdad..."
Las citas son reales, e
incluso hay más:
http://iagpds.ugr.es/pages/informacion_divulgacion/terremotos_julio_1431
Y, ¿quién sabe? Quizás aquella fuerza que sacudió Granada también fue
real... e intentaremos comprobarlo en la próxima entrada. Porque esta
historia sólo acaba de empezar.
Antigua fotografía de Puerta Elvira, arruinada en este terremoto,
con su cruz y una de las puertas interiores, hoy desaparecidas. (foto)
Palacio de los Alijares o Alixares, en el fresco de la Batalla de la Higueruela
en la Sala de las Batallas de El Escorial. (foto)
jueves, 16 de febrero de 2017
La Puerta Roja
El negro manto de la noche cae sobre Granada. Las hordas de turistas abandonan la Alhambra, donde ya no habita ningún alma. La Puerta de los Siete Suelos, reina de la Montaña Roja desde su trono invisible, espera el amanecer de la luna. Pero ésta, menguante, no llega a iluminarla. Su plateada fuerza se va apagando y, como cada mes, deja que figura quede sumida en las tinieblas. "Semperclausa" llamaron a esta puerta, "la que siempre está cerrada", pues desde que el último rey moro de Granada la abandonara indefensa, los nuevos reyes de fe católica ordenaron tapiarla, horrorizados por la maldición que el último ulema de Granada lanzó para sellarla bajo un conjuro que ningún clérigo ha sido capaz de romper jamás.
De esta forma, sus lúgubres torres parecen crecer en oscura majestad mientras ninguna rama se atreve a romper el pesado silencio que poco a poco las va rodeando. Y algo duerme en el corazón de sus muros, esperando ansiosamente este momento. Las macabrillas que forman los muros de la Alhambra parecen sepultar aún más su quietud, como si las almas de los antiguos cadáveres que custodiaban se encogieran en su interior.
Entonces un ladrido rompe el silencio. Y luego otro. Aquí y allá, sus ecos se multiplican hasta la locura: la Puerta Roja despierta. Desde lo más profundo de sus cimientos un aliento sin vida asciende tras un séquito de terror que le precede en forma de jauría. A lomos de un huracán que retuerce las ramas, sacudiendo la tierra como si mil jinetes cargaran con toda su furia monte abajo, desciende un caballero descabezado y colérico. El frío y la niebla envuelven a Velludo, que vuelve para cobrar su tributo entre los mortales.
Hoy la luna no amanecerá sobre el Cerro del Sol. Solo cabe atrancar los postigos, apagar las luces y esperar que todo niño vuelva a levantarse junto a su madre y todo amante junto a su amada en una mañana que no parece llegar nunca.
De esta forma, sus lúgubres torres parecen crecer en oscura majestad mientras ninguna rama se atreve a romper el pesado silencio que poco a poco las va rodeando. Y algo duerme en el corazón de sus muros, esperando ansiosamente este momento. Las macabrillas que forman los muros de la Alhambra parecen sepultar aún más su quietud, como si las almas de los antiguos cadáveres que custodiaban se encogieran en su interior.
Entonces un ladrido rompe el silencio. Y luego otro. Aquí y allá, sus ecos se multiplican hasta la locura: la Puerta Roja despierta. Desde lo más profundo de sus cimientos un aliento sin vida asciende tras un séquito de terror que le precede en forma de jauría. A lomos de un huracán que retuerce las ramas, sacudiendo la tierra como si mil jinetes cargaran con toda su furia monte abajo, desciende un caballero descabezado y colérico. El frío y la niebla envuelven a Velludo, que vuelve para cobrar su tributo entre los mortales.
Hoy la luna no amanecerá sobre el Cerro del Sol. Solo cabe atrancar los postigos, apagar las luces y esperar que todo niño vuelva a levantarse junto a su madre y todo amante junto a su amada en una mañana que no parece llegar nunca.
Grabado de W. Radclyffe en base a David Roberts (1834).
Weird Tales Granada - Facebook
"Porta Castri Granatensis semper clausa" (La puerta del castillo de Granada, siempre cerrada) . Detalle de grabado de Joris Hoefnagel (1581).
"Porta Castri Granatensis semper clausa" (La puerta del castillo de Granada, siempre cerrada) . Detalle de grabado de Joris Hoefnagel (1581).
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viernes, 20 de mayo de 2016
La Puerta III
''Es
imposible pensar una puerta como nos mandas''. Esa fue la respuesta de
los sabios a la extraña demanda del hijo del rey; ''es imposible poner a
los hombres de acuerdo sobre la belleza ideal de cualquier cosa, o
sobre su fealdad, o sobre cualquier absoluto que se piense, Allah nos
creo perfectamente incapaces de llegar a un acuerdo sobre tales
extremos.'' Los sabios se retiraron, no
era la primera vez que tales exigencias se hacían, y no era tampoco la
primera vez que la obvia respuesta debía de ser convocada frente a lo
ingenuo del deseo de los poderosos.
Todos salieron menos uno, un anciano eremita que vivía en los lejanos valles que forman las montañas de la Sierra. Cuando el último de los sabios hubo salido de la habitación el viejo se acercó al príncipe y le dijo: ''yo sé de tu enfermedad príncipe, yo sé de tu deseo y sé de la causa de tu búsqueda, sé de la magia que te maldice y de quien la invoca contra ti, has de saber que la puerta que deseas ya fue construida hace muchos siglos y aquí tienes la llave que abre su cerradura.''
Tras pronunciar estas palabras y entregar la llave el sabio se marchó, dejando al príncipe a solas con sus pensamientos. Por primera vez era consciente de lo extraño de su manía con las puertas, fue corriendo a su diván y sacó los bocetos y los dibujos que había hecho durante este tiempo, eran miles los que tenia. Una vez que se le hubo pasado la agitación se miró la mano y pensó: ''esta mano es la llave de una puerta impensable, y nunca abrirá con un trazo de tinta la entrada que tanto ansío'', pero en cambio esta...El príncipe miró la llave y sonrió para sus adentros, ''estoy poseído por una extraña magia, y lo importante no es la puerta ni nunca lo ha sido, lo importante es lo que hay detrás de esa puerta, algo que existe de verdad y que me ha elegido a mí para que lo encuentre y lo libere, y esta misma noche empezaré mi búsqueda.''
Todos salieron menos uno, un anciano eremita que vivía en los lejanos valles que forman las montañas de la Sierra. Cuando el último de los sabios hubo salido de la habitación el viejo se acercó al príncipe y le dijo: ''yo sé de tu enfermedad príncipe, yo sé de tu deseo y sé de la causa de tu búsqueda, sé de la magia que te maldice y de quien la invoca contra ti, has de saber que la puerta que deseas ya fue construida hace muchos siglos y aquí tienes la llave que abre su cerradura.''
Tras pronunciar estas palabras y entregar la llave el sabio se marchó, dejando al príncipe a solas con sus pensamientos. Por primera vez era consciente de lo extraño de su manía con las puertas, fue corriendo a su diván y sacó los bocetos y los dibujos que había hecho durante este tiempo, eran miles los que tenia. Una vez que se le hubo pasado la agitación se miró la mano y pensó: ''esta mano es la llave de una puerta impensable, y nunca abrirá con un trazo de tinta la entrada que tanto ansío'', pero en cambio esta...El príncipe miró la llave y sonrió para sus adentros, ''estoy poseído por una extraña magia, y lo importante no es la puerta ni nunca lo ha sido, lo importante es lo que hay detrás de esa puerta, algo que existe de verdad y que me ha elegido a mí para que lo encuentre y lo libere, y esta misma noche empezaré mi búsqueda.''
La Puerta II
''Los sabios se encerraron en sus bibliotecas para pensar que respuesta darían a la extraña petición del príncipe, sin saber que en una pequeña alquería cercana a la ciudad, en lo que hoy es el Pago de Aynadamar en la zona de Cartuja, un anciano eremita que había bajado a Granada hace poco desde algún pueblo de la Sierra, ya tenía la respuesta...'' [...]
martes, 10 de mayo de 2016
Enterrada en Vida
El alarife manejaba el palustre con la maestría que le daban los años
de oficio, los ladrillos, amontonados en un lateral, eran untados con
eficacia con la pobre mezcla de cal y arena y colocados uno tras otro en
cítara. El corazón latía en sus oídos, respiraba profundo como si el
aire fuera más espeso, la habitación menguaba ante un tabique que vería
hasta el día de su muerte. Con cada
hilada de ladrillos redimía un pecado; con una pared, todos y cada uno,
los habidos y por haber. Tras de sí, por encima de su cabeza, un
ventano, el agujero que la mantendría unida a la vida y también al
pecado. Entraba un haz de luz que se proyectaba sobre la cada vez más
solida pared. Los sonidos producidos por el hacer del albañil cada vez
se escuchaban mas lejanos y más huecos. Con la colocación del último
ladrillo empezó a comprender lo que suponía su nueva situación, con cada
raspar apagado de la llana al otro lado del tabique asumía su estado de
penitencia, una penitencia autoimpuesta, una penitencia casi mística.
En esa celda ni siquiera tenía espacio para estirarse completamente, por el ventanuco entraba una gélida corriente proveniente de la sierra, el suelo y las paredes estaban húmedas. La gente pasaba por la calle a la que daba el ventanuco y le dejaba alguna limosna el día de los oficios, su familia iba más a menudo a dejarle algo para comer y beber, era todo un orgullo. Lo agradecía y rechazaba a la par, sólo con gestos, dedicada unicamente a la meditación y al rezo. Su nombre era Clara Montalbán y fue murada de la iglesia del Salvador del Albaicín en cumplimiento de su voto de tinieblas.
Pero Clara pudo elegir mantener, tal como las antiguas vestales, la llama de la fe a través de la contemplación y por ello era venerada y respetada. Igualmente le ocurría a otras emparedadas conocidas como María Toledano que pasó veintisiete años emparedada en oración en la antigua ermita de “San Antón el Viejo” hoy con el sugerente nombre de calle Santo Sepulcro. Otras por el contrario no eran muradas por su propia elección y consentimiento, de éstas, por la vergüenza o el respeto, en la mayoría de los casos no conocemos sus nombres. Era una práctica antigua en las ordenes religiosas femeninas enclaustrar (esta vez sin sustento) a la devota que rompía sus votos, principalmente el de castidad, sin importar si esos votos se rompían con su consentimiento o sin él.
Un ejemplo de ésto lo tenemos en el cruel hecho acaecido en septiembre de 1615 cuando Gaspar Dávila, de oficio torcedor de seda, enajenado por la fogosidad, alimentada quizá por la ronda a diario de los aledaños del monasterio de Santa Isabel la Real cuando iba camino del taller, se fijó en una joven monja. Un día, aprovechando que dicha monja se encontraba sola en el huerto, saltó la valla rompiéndola, la raptó y yació con ella. El tal Gaspar, cristiano nuevo, fue ejecutado en el cadalso de Plaza Nueva; la joven monja, fue flagelada en penitencia y murada en cualquier rincón del mismo monasterio de Santa Isabel la Real.
Quien sabe si el encierro eterno de esta monja anónima, se terminó unos trescientos cincuenta años después cuando el pintor Enrique Villar Yebra, andurreando por el palacio de Dar al-Horra (que formaba parte del monasterio de Santa Isabel la Real), se topó en la torre norte con una pared hueca, llamó al jefe de obras de la Alhambra que se encontraba por allí, José Torres, le pidió que picara el tabique para saciar la curiosidad, y aunque reacio en un principio ante la posible ira del arquitecto general, Francisco Prieto Moreno, finalmente lo convenció. Al clavar la espiocha cayeron cascotes al interior, continuaron con el picoteo hasta que el agujero fue lo suficientemente grande para observar que sólo se trataba de un pequeño cubículo, en su interior unos huesos desvencijados esturreados por el suelo.
Esta costumbre se prohibió, en parte por el celo que le había puesto la inquisición a esta práctica, a partir de la última década del siglo XVII, pero lo cierto es que en el amparo de las tinieblas se siguieron realizando emparedamientos por muchos años. Aún en muchos pueblos y ciudades perduran leyendas y habladurías de tal o cual mujer enterrada en vida como si de un cuento de Poe se tratara. Enterrada en vida, como el titulo de la novela costumbrista de Rafael del Castillo bajo el pseudónimo de Álvaro Carrillo, que poco tiene que ver con la historia que acabo de contar, y que fue una de las razones por las que recordé a estas mujeres penitentes; esos ventanucos a ras de suelo o a alturas inadecuadas de los laterales de muchas parroquias viejas o esa angustia de encontrarse enclaustrado y sin salida, uno de los temores más profundos y mas sacralizados desde tiempos inmemoriales.
En esa celda ni siquiera tenía espacio para estirarse completamente, por el ventanuco entraba una gélida corriente proveniente de la sierra, el suelo y las paredes estaban húmedas. La gente pasaba por la calle a la que daba el ventanuco y le dejaba alguna limosna el día de los oficios, su familia iba más a menudo a dejarle algo para comer y beber, era todo un orgullo. Lo agradecía y rechazaba a la par, sólo con gestos, dedicada unicamente a la meditación y al rezo. Su nombre era Clara Montalbán y fue murada de la iglesia del Salvador del Albaicín en cumplimiento de su voto de tinieblas.
Pero Clara pudo elegir mantener, tal como las antiguas vestales, la llama de la fe a través de la contemplación y por ello era venerada y respetada. Igualmente le ocurría a otras emparedadas conocidas como María Toledano que pasó veintisiete años emparedada en oración en la antigua ermita de “San Antón el Viejo” hoy con el sugerente nombre de calle Santo Sepulcro. Otras por el contrario no eran muradas por su propia elección y consentimiento, de éstas, por la vergüenza o el respeto, en la mayoría de los casos no conocemos sus nombres. Era una práctica antigua en las ordenes religiosas femeninas enclaustrar (esta vez sin sustento) a la devota que rompía sus votos, principalmente el de castidad, sin importar si esos votos se rompían con su consentimiento o sin él.
Un ejemplo de ésto lo tenemos en el cruel hecho acaecido en septiembre de 1615 cuando Gaspar Dávila, de oficio torcedor de seda, enajenado por la fogosidad, alimentada quizá por la ronda a diario de los aledaños del monasterio de Santa Isabel la Real cuando iba camino del taller, se fijó en una joven monja. Un día, aprovechando que dicha monja se encontraba sola en el huerto, saltó la valla rompiéndola, la raptó y yació con ella. El tal Gaspar, cristiano nuevo, fue ejecutado en el cadalso de Plaza Nueva; la joven monja, fue flagelada en penitencia y murada en cualquier rincón del mismo monasterio de Santa Isabel la Real.
Quien sabe si el encierro eterno de esta monja anónima, se terminó unos trescientos cincuenta años después cuando el pintor Enrique Villar Yebra, andurreando por el palacio de Dar al-Horra (que formaba parte del monasterio de Santa Isabel la Real), se topó en la torre norte con una pared hueca, llamó al jefe de obras de la Alhambra que se encontraba por allí, José Torres, le pidió que picara el tabique para saciar la curiosidad, y aunque reacio en un principio ante la posible ira del arquitecto general, Francisco Prieto Moreno, finalmente lo convenció. Al clavar la espiocha cayeron cascotes al interior, continuaron con el picoteo hasta que el agujero fue lo suficientemente grande para observar que sólo se trataba de un pequeño cubículo, en su interior unos huesos desvencijados esturreados por el suelo.
Esta costumbre se prohibió, en parte por el celo que le había puesto la inquisición a esta práctica, a partir de la última década del siglo XVII, pero lo cierto es que en el amparo de las tinieblas se siguieron realizando emparedamientos por muchos años. Aún en muchos pueblos y ciudades perduran leyendas y habladurías de tal o cual mujer enterrada en vida como si de un cuento de Poe se tratara. Enterrada en vida, como el titulo de la novela costumbrista de Rafael del Castillo bajo el pseudónimo de Álvaro Carrillo, que poco tiene que ver con la historia que acabo de contar, y que fue una de las razones por las que recordé a estas mujeres penitentes; esos ventanucos a ras de suelo o a alturas inadecuadas de los laterales de muchas parroquias viejas o esa angustia de encontrarse enclaustrado y sin salida, uno de los temores más profundos y mas sacralizados desde tiempos inmemoriales.
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viernes, 6 de mayo de 2016
Castillo de la Calahorra
Y cuervos, y murciélagos, y mazmorras, tumbas, grandes salones vacíos, muros gruesos y el recuerdo de los antiguos nobles guerreros que lo habitaron. Y que lo habitan, porque su sombra se extiende por todo el llano, y más allá, por la Sierra y los bosques que en ella hay; y en los bosques, en la Sierra y en el llano hay noches frías, y en las noches frías hay hogueras, y alrededor de las hogueras se cuentan historias sobre el castillo, del castillo y de sus habitantes: aquellos que no vivieron en el, pero que nunca se han ido.
Panderete de las Brujas
''La figura de la cumbre justificaba el nombre de la colina: era enteramente redonda y perfectamente plana, como la superficie de un
pandero; en cuanto á su calificacion de Panderete de las brujas la
justificaba el ser pública voz y fama que en aquel lugar se reunían
todos los sábados á celebrar sus conventículos las brujas residentes en
diez leguas á la redonda. En medio de la cumbre había un casuco arruinado y desvencijado, en donde según fama, los demonios levantaban su trono
á Lucifer, siempre que se celebraba una de aquellas negras, misteriosas
y reprobadas festividades, en cuyo trono se sentaba el espíritu de las
tinieblas, disfrazado bajo la forma de un macho cabrío.'' (Los Monfíes de las Alpujarras, de Don Manuel Fernandez y Gonzalez)
Volvemos por un momento al Panderete, si es posible hablar así de un
motivo que nunca se ha ido, y que difícil es que lo haga puesto que
mientras que escribo estas palabras lo estoy divisando a lo lejos, tan
seco y estéril como de costumbre.
De este extracto de la novela se tiene que en la época en que se escribió debía haber en el lugar una casa ya en ruina por aquel entonces. O quizás no, se trata solo de una novela, pero lo cierto es que justo al lado del Cerro hay un ''casuco'', ''arruinado y desvencijado''; no iremos tan lejos como al afirmar que allí, en esa casa, levantan los demonios un trono a Lucifer, o quizás si, y ya sea hora de enfrentar de una vez con lo que sea que ha dado pábulo a la leyenda. Pronto habréis de saber más.
De este extracto de la novela se tiene que en la época en que se escribió debía haber en el lugar una casa ya en ruina por aquel entonces. O quizás no, se trata solo de una novela, pero lo cierto es que justo al lado del Cerro hay un ''casuco'', ''arruinado y desvencijado''; no iremos tan lejos como al afirmar que allí, en esa casa, levantan los demonios un trono a Lucifer, o quizás si, y ya sea hora de enfrentar de una vez con lo que sea que ha dado pábulo a la leyenda. Pronto habréis de saber más.
Tormentas de primavera
Es tiempo de tormentas,
truenos y rayos. Fenómenos ante los que nuestros antepasados
enmudecían. Cuando les sorprendía la ira celeste, corrían a
resguardarse en la habitación más profunda del hogar, o al chozo
más cercano si eras pastor o labrador y te encontrabas desamparado
en mitad del campo. Era tanto su miedo, que los dioses más poderosos de la Antigüedad
siempre se relacionaron con la tormenta. En la Bastetania, el dios
Netón, señor del Trueno y de los Terremotos, tenía su trono en lo
que hoy es Sierra Mágina y era adorado y temido por íberos y romanos en la
antigua Acci (Guadix) junto a Isis. Y probablemente lo fueran también en algún lugar de la antigua Granada, pues conocemos la existencia de
extraños rituales en aquella Iliberri/Ilíberis, cuyas
ruinas reposan esquivas bajo el Albaicín, aunque de estos hallazgos os hablaremos
en próximas entradas.
Ante la violencia
desatada del cielo, aquellos pueblos ingeniaron diferentes formas
para combatir su amenaza. En la Antigüedad se elevaban
plegarias y sacrificios en altares dedicados al dios que, conocido por diferentes
nombres, los desataba (Júpiter, Netón, Airón). En la Edad
Media, los cristianos hacían sonar sus campanas de bronce para
ahuyentarlas – lo que en más de una ocasión provocaba la
fulminante caída de un rayo sobre ellas. Pero también se mantuvo desde los más
remotos tiempos un oficio del que ni cristianos, ni musulmanes ni
judíos pudieron prescindir, quizá por ser el más impresionante y
eficaz hasta el triunfo de la ciencia moderna.
Los "conjuradores" o
"encantadores de nubes y tormentas" se entremezclaron con las figuras
del sacerdote, imán o rabino. Herederos de una tradición ancestral, de
la que solo nos quedan vagas referencias, con sus conjuros hacían que las
tormentas desaparecieran o se alejaran de la población a la que debían proteger. Algunos
llegaron a alcanzar tal poder, que podían lograr que aquellas
nubes desarrollaran todo su potencial y lo descargaran en el lugar
que éstos les indicaran. Todavía hoy, bajo la sombra del Aneto y la
Maladeta en los Pirineos (fijaos el parecido de Aneto con Netón
-aunque su significado sea Ai-neto, “El pico más alto”, y
el nombre de su macizo rocoso, ya que Maladeta significa de “La
Montaña Maldita”), se conservan cerca de algunas iglesias unas
pequeñas construcciones cubiertas, llamados esconjuranderos,
comunidors o
reliquiers, que dominan una panorámica excelente de su entorno y
desde donde aquellos sacerdotes entonaban sus conjuros. Incluso se
han conservado en antiguos libros y refranes parte de su contenido:
En San Vicente de Labuerda gritaban "Boiretas en San Bizien y
Labuerda: no apedregaráz cuando lleguéz t’Araguás: ¡zi! ¡zas!".
En 1529, lejos de estar este oficio en decadencia, el inquisidor fray
Martín de Castañega criticaba en su "Tratado muy sutil y bien
fundado de las supersticiones y hechicerías y vanos conjuros" la
proliferación de conjuradores que “juegan con la nube como con una
pelota” y “procuran echar la nube fuera de su término y que
caiga en el de su vecino” (para más información sobre los
esconjuranderos pirenaicos,
http://www.tiempo.com/ram/2043/ahuyentando-tormentas/)
Si esto sucedía en el
norte cristiano medieval, del sur dominado por el Mulhacén tenemos
un testimonio mucho más cercano a Granada. En el siglo XIII un monje escribía
probablemente en Santo Domingo de Silos un poema en honor al conde
Fernán González. En él hemos encontrado una referencia, que hasta ahora había pasado desapercibida, de cómo también los moros en el sur mantenían este
extraño ritual ancestral. Nos dice aquel monje en boca del buen conde:
476 «Los moros, bien
sabedes, se guian por estrellas,
non se guian por Dios,
que se guian por ellas;
otro Criador nuevo
han fecho ellos d'ellas,
diz que por ellas veen
muchas de maravellas.
477 Ha y otros que
saben muchos encantamientos,
fazen muy malos gestos
con sus espiramientos,
de revolver las nuves
e revolver los vientos
muestra les el diablo
estos entendimientos.
(Poema de Fernán González, vv. 476-477)
A los ojos de aquel clérigo castellano lo que estos sabios realizaban era una simple práctica impía y pagana a despreciar. Algo que en realidad revela el temor de aquellas gentes, cristianas o musulmanas, sobre sus sobrecogedores efectos y la ignorancia sobre su misterioso significado y origen. Sin duda, no es más que el fiel
reflejo de cómo perduraron en aquella Espanna, Sefarad, Al-Ándalus
medieval, las creencias populares de los tiempos antiguos.
Es fácil imaginarnos
cómo desde el blanco Albaicín, la roja Alhambra o el pardo Mauror
coronado por las Bermejas, desde alguna pequeña torre que dominaba toda
la Sierra Nevada del Sulayr, algún esconjurandero desplegaba todo su
formidable poder en días como éste.
domingo, 8 de noviembre de 2015
El Golem II
Decíamos sobre el Golem que llegó oculto en un libro: apenas unas cuantas páginas y un puñado de palabras en árabe y en hebreo. Le acompañaba un pequeña bolsa llena de arena de Israel. A media noche ya se había consumado la creación, tan solo un ser más sobre el planeta, uno de los tantos miles que nacerían esa noche, solo que el Autómata no nació, el Autómata fue creado por hombres, por verbos e ideas. La cueva del Mauror fue su útero y unos viejos magos sus padres. Su llanto, el de los miles de corazones en Granada que aquella noche, sin saberlo, olvidaron antiguos amigos, nuevos amores y eternas esperanzas: para la creación del Golem infinitos futuros y posibilidades fueron sacrificados y ya nunca podrían llegar ser; el Autómata salió de la cueva para perderse por las calles de la judería...
Lejos de allí, pero en ese mismo instante, otro libro: un batiburrillo de sonidos, risas y el crepitar de una lumbre. Saúl había reunido a sus amigos en un monte cercano a Granada donde hoy día encontramos la abadía del Sacromonte, les contaba historias y fantasías, una escena igual se estaría repitiendo en tantas otras ciudades. Pero las historias de Saúl no eran disipadas por el aire, sus fantasías se pegaban al tejido de la realidad. Saúl creaba, las historias de aquel joven nacían al mundo para habitarlo y llenarlo de nuevas posibilidades.
Era noche cerrada y solo iluminaban la luna y las antorchas de los soldados que hacían guardia en la alcazaba a lo lejos, sus amigos se habían ido pero Saúl pensaba en lo que había sentido hace apenas unas horas. Lo mejor seria ir a investigar a la judería.
Fotografía: Mazmorras en el Carmen de los Catalanes, donde la leyenda sitúa el nacimiento del Golem.
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martes, 3 de noviembre de 2015
Las Agujas de Dílar II
El Cromlech de Dílar II
Allá por el 1851 un pequeño pueblo de
nuestra tierra vivió unos días de auténtico pavor. Hace tiempo os
hablábamos sobre la excepcionalidad histórica y arqueológica del cromlech que hubo en Dílar, puesto que es algo totalmente inusual en estas tierras. Desconcierta saber que su existencia fue sorprendentemente efímera,
ya que se destruyó al poco de su hallazgo y su recuerdo
prácticamente se ha perdido: quién pregunta o busca más
información se acaba topando con una cortina de silencio.
Como decíamos, este cromlech era en
realidad un conjunto de tres círculos de piedras megalíticos, si
acaso parecidos a Stonehenge excepto por sus menores dimensiones y
por custodiar las almas de guerreros antiguos, bajo el túmulo que
delimitaban sus menhires. Hoy, algunos arqueólogos lo conocen sin darle excesiva
importancia: unos vestigios más destruidos por el tiempo, cuyo
dólmen más importante han reconstruido parcialmente en el Parque
de las Ciencias de Granada. Allí podéis visitar esta copia, en la que por supuesto no queda rastro alguno del
terror que aquellos túmulos encantados inspiraron a toda la gente que los vieron con sus
propios ojos.
En aquellos años de pobreza del s.XIX un cazador
empeñado en sacar a su presa de una madriguera sintió como el suelo
se hundía bajo sus pies. Cayó en una cámara subterránea largo
tiempo olvidada, que protegía los huesos de antiguos caudillos que rápidamente apartó sin cuidado, pues el cazador sólo se fijó en los restos de
oro y bronce, cuya extraña decoración atrajo su mirada. Y cautivó
su alma.
Su avaricia no pasó desapercibida. Como
en todos los pueblos, la noticia corrió como la pólvora: los más
jóvenes del país se dirigieron hacia la lúgubre explanada de los
Toriles, antesala de la sobrecogedora Boca del Río Dílar, que se
encuentra protegida por dos imponentes moles afiladas que la siguen
flanqueando. Iban a por riquezas, cavando de día y atreviéndose a
dormir allí de noche. Pero lo que allí hallaron no era lo que
buscaban.
Lo único que sabemos es que, a los
pocos días, las ruinas fueron destruidas y las rocas arrancadas
del suelo y dispersadas, como queriendo borrar su existencia. Lo que
sucedió allí, si es que alguien lo sigue recordando, debe sobrevivir en la memoria de
los más mayores del lugar: de aquellos pocos a los que sus padres se
atrevieron a contárselo, movidos por el temor y la desesperación de
ver desaparecer a sus hijos. Los que presenciaron aquellos días,
vieron con sus ojos y sintieron en su corazón lo que le sucedió a
aquellos que cavaron cegados por la codicia en un lugar silenciosamente protegido.
Sólo nos queda el relato de un
erudito, don Manuel de Góngora y Martínez, que en 1868 nos legó
testimonio de que "el monumento en cuestion era un dólmen
complicado de nueve metros de largo... Sobre él se elevó un
montículo de tierra, cuyo diámetro mide veinte y tres metros, y le
limitaron con círculo de piedras clavadas en el suelo que, por punto
general tienen ochenta centímetros de longitud...".
Se hallaron otros dos túmulos con cromlech, de más de 15 y
18 metros de diámetro, y que llegaron a tener más de tres metros
de alto.
Aunque don Manuel no fue testigo
ocular de aquello, supo que las gentes de allí creían en
cosas inverosímiles. Decía textualmente: "...me
refiero á los monumentos formados de grandes piedras sin labrar,
atribuidas por el vulgo á los gigantes ó á los encantadores, por
los eruditos a los celtas,..."
Su
amigo, el artista Martín Rico, dejó un testimonio mucho más inquietante en su cuadro, que a
continuación reproducimos. En él se ven los Alayos entre nieblas, evocando las brumas del pasado; los
tres círculos de las agujas de Dílar -así
las llamaron los lugareños-, que medían en torno a un metro de alto, y dominando la escena desde la esquina superior de la pintura, el Veleta
imperante.
Los tres misteriosos Cromlech de Dílar (pintura de Martín Rico)
Hay una vieja leyenda irlandesa,
relatada en un cuento del argentino Enrique Anderson Imbert, La Peste, que podría
ilustrarnos sobre el horror vivido aquellos días en que unos
espíritus en letargo fueron despertados para abandonar sus hogares
bajo tierra y recordarles a los vivos que seguían existiendo. Robarles
sus tesoros era arrebatarles la vida, y la defenderían como sólo
ellos saben hacer: helando los corazones, erizando los cabellos,
enloqueciendo las mentes.
"El primer signo de que las
hadas de Irlanda estaban debilitándose enfermándose, muriéndose,
lo notaron los hombres de Sligo. En una localidad llamada Rosses hay
un montón de piedras: un pastor que durmió allí despertó loco. A
los pocos días lo mismo ocurrió a otro. Y después a otro. Ya no
hubo dudas: lo que pasaba era que las hadas robaban las almas a los
dormidos dejándoles solamente sus ensueños. Cuando despertaban, los
empobrecidos pastores no podían pensar ni hablar sino con los pocos
ensueños que les quedaban en la cabeza..."
Por unos días las
hadas de aquella historia no fueron de Irlanda sino de Granada, y los
hombres de Sligo, de Dílar. Los pobres ingenuos que intentaron apropiarse
de los tesoros de antiguos guerreros encantados acabaron vagando,
errantes y perdidos, por los Alayos de Dílar bajo la sombra del
Trevenque y la mirada del Veleta.
La Boca del Río Dílar, paso natural a los Alayos, entre el Faufín y Los Picachos.
lunes, 2 de noviembre de 2015
El Día de las Ánimas
La Víspera de las Ánimas traía consigo un sinfín de
luceros nocturnos que paseaban bajo la luz de la luna tomando
caprichosas formas. Al despuntar el Día de los Santos, aquellas motas
brillantes se relajaban en las sombras que iba dejando el sol de la
mañana. Una noche más, vagaban por caminos y bosques, visitando ruinas
abandonadas y lugares sagrados.
Dicen que éstas luces tenían nombres, y que abandonaban el mundo de los vivos cuando caía el atardecer del Día de los Difuntos. No volvían solas. En sus brazos portaban nuevas estrellas, que elevaban consigo a lo más alto del cielo para añadirlas al collar de perlas brillantes que cada noche domina el firmamento.
Dicen que éstas luces tenían nombres, y que abandonaban el mundo de los vivos cuando caía el atardecer del Día de los Difuntos. No volvían solas. En sus brazos portaban nuevas estrellas, que elevaban consigo a lo más alto del cielo para añadirlas al collar de perlas brillantes que cada noche domina el firmamento.
"Porque los hombres fueron engendrados con esta ley, y deben cuidar de
este globo que ves en el centro de este templo y se llama la Tierra, y
se les dio el alma sacada de aquellos fuegos eternos que llamamos
constelaciones y estrellas, que en forma de globos redondos, animados
por mentes divinas, recorren con admirable celeridad sus órbitas
circulares..." (Cicerón - El Sueño de Escipión, en su De Repubica VI,15)
Pintura del granadino Luis Ricardo Falero, Estrellas Gemelas (París, 1881). - Metropolitan Museum NY.
Pintura del granadino Luis Ricardo Falero, Estrellas Gemelas (París, 1881). - Metropolitan Museum NY.
El Golem I
EL GOLEM I
Ahora en serio: el Golem. El golem es la muerte de Dios. Y eso no importa, también es la muerte de la muerte; es la muerte de Prometeo: el dios humano; el fin del azar y el fin del azar es el final del amor: no hay nada más aleatorio que la gota de semen que cae; el golem es el fin del infinito. Es el ser más terrible que haya existido nunca, y por suerte, las veces que lo ha hecho ha sido vencido, ¿como un ser tan poderoso ha podido ser derrotado?
Y en Granada...
Ahora en serio: el Golem. El golem es la muerte de Dios. Y eso no importa, también es la muerte de la muerte; es la muerte de Prometeo: el dios humano; el fin del azar y el fin del azar es el final del amor: no hay nada más aleatorio que la gota de semen que cae; el golem es el fin del infinito. Es el ser más terrible que haya existido nunca, y por suerte, las veces que lo ha hecho ha sido vencido, ¿como un ser tan poderoso ha podido ser derrotado?
Y en Granada...
En Granada y en otras ciudades mágicas, donde el teatro de la vida se
interpreta mejor: tiene mejores actores, mejor escenario y los
sentimientos mueven más átomos y células que en otros sitios. Allí, aquí
en esta ciudad, en las callejuelas y adarves de su judería hubo una
noche el la que el Autómata caminó entre nosotros. El poder de la letra y
la hibris de aquellos humanos que conocen lo que no debe de ser
conocido lo convocó de entre los anhelos del hombre: ¡Quien lo diría!
Son tantas las pesadillas y los terrores que mueren al alba, tantas las
miserias que el tiempo apacigua...Y tuvo que ser un anhelo el que estuvo
a punto de acabar con la vida.
Llegó desde oriente, oculto en un libro, como lo hacen los auténticos demonios, un libro que fue guardado durante mucho tiempo en las mazmorras que hoy día podemos ver en lo alto de la colina del Mauror...
Llegó desde oriente, oculto en un libro, como lo hacen los auténticos demonios, un libro que fue guardado durante mucho tiempo en las mazmorras que hoy día podemos ver en lo alto de la colina del Mauror...
El Golem
''Y finalmente el Golem fue vencido, la chispa vital que refulgía en
sus ojos tallados en la dura piedra desapareció y por toda la judería
granadina se escucharon los nombres malditos de todos aquellos que algún
día habían intentado convocar al Golem sin lograrlo...
-Joven Saúl, ahora la estatua quedará bajo tu custodia, dijo el extranjero que le había ayudado a vencer al autómata.
-Yo condeno a ese trozo de piedra a dar la vida que un día creyó poder arrogarse en contra de las leyes de Dios, contestó.''
Las fotos son de las fuentes que hay en el convento de San Francisco, actual Parador Nacional.
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domingo, 11 de octubre de 2015
Hisn Mawrur
A la sombra de un esbelto ciprés se encuentra la torre
del Carmen del Maurón, camuflada entre el laberinto de tejados que coronan las
Torres Bermejas. A veces, sin pretenderlo, los hombres vuelven a reconstruir en
lugares olvidados la imagen perdida de otros tiempos que se resisten a
desaparecer.
Muchos
lo han considerado como un mirador privilegiado desde el que observar
la ciudad que se extiende a sus
pies, como el
pintor Enrique Villar Yebra; pues esta modesta atalaya domina todo su
panorama sin que, a la vez, pueda ser vista con facilidad. Otros, sin
embargo, en épocas anteriores prefirieron dirigir su mirada desde aquel
mismo lugar hacia el lado opuesto: allí dónde están las tres imponentes
cimas blancas que protegen la ciudad a la
que dan vida con sus nieves perennes...
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viernes, 9 de octubre de 2015
La Torre del Nigromante III
¿Habéis reparado alguna vez en los capiteles negros expuestos en el Museo de la Alhambra? Oscuros como el azabache, atravesados por frágiles trazas verdosas como esmeraldas; allí permanecen desde hace unos años, impasibles ante las riadas de turistas. Su historia es prácticamente desconocida. Según los académicos, son unas piezas excepcionales: sólo se conocen cuatro capiteles de su tipo en todo Al-Andalus. Uno procede de Otura, y los otros dos fueron encontrados en el Harem de Muhammad V, en la Alhambra.
Sabemos que Muhammad V levantó su palacio -el Patio de los Leones- a mediados del siglo XIV, y quiso incorporar en él unas piezas singulares. Las más famosas son los doce leones de mármol blanco, procedentes según algunos del palacio de Ibn Nagrela, visir judío de los primeros reyes granadinos. Luego, en su harén, Mohamed situó unos misteriosos capiteles de mármol negro o serpentina, reutilizados de una construcción almohade anterior y largo tiempo desconocidos hasta su hallazgo arqueológico.
Los cristianos, cuando adecuaron las Torres Bermejas a su artillería, debieron sumar a los preciados legajos de la Madraza el siguiente documento, que encontrarían excavando sus cimientos y que aquí traducimos:
"...la tierra tembló, y tras unos golpes sordos surgió un gran destello [... ¡Dios] se apiade del
soberbio alfaquí [ilegible], en cuya torre veíamos extrañas luces noche tras noche! ... ceniza y escombros, nadie... olor hediondo. A la mañana, por orden del Emir, buscaron supervivientes..., asomaban algunas cabezas de los hermosos leones de mármol blanco que Ibn Nagrela..., pero sus esbeltas columnas se habían tornado negras y frías como una noche sin luna. Señalándolas, un anciano que había realizado el Hajj acalló al inquieto gentío. Recordó que su color se parecía a la Piedra del Profeta, pero dijo que aquellas estaban malditas: si la Kabba había absorbido los pecados de los hijos de Adán para bien, esos capiteles parecían haber absorbido las tinieblas de aquello que el imprudente invocaba... escaleras al abismo... abandonadas y condenadas en un monte inerte... "
El paso del tiempo hizo que los nazaríes olvidaran las leyendas ziríes. Por fin un emir se decidió a remover las ruinas de la oscura colina del Mauror, en busca de tesoros mágicos para que formaran parte del magnífico palacio que estaba levantando en su monte gemelo: la Alhambra.
Sobre qué se estremeció en las entrañas del mítico Hizn Mawror, intentaremos dar luz en los próximos días...
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Brujas yendo al Sabbath (Falero)
Brujas yendo al Sabbath (Luis Ricardo Falero - 1878) Pintor granadino.
Guarnición tosca de este escollo duro
troncos robustos son, a cuya greña
menos luz debe, menos aire puro
la caverna profunda, que a la peña;
caliginoso lecho, el seno obscuro
ser de la negra noche nos lo enseña
infame turba de nocturnas aves,
gimiendo tristes y volando graves.
Guarnición tosca de este escollo duro
troncos robustos son, a cuya greña
menos luz debe, menos aire puro
la caverna profunda, que a la peña;
caliginoso lecho, el seno obscuro
ser de la negra noche nos lo enseña
infame turba de nocturnas aves,
gimiendo tristes y volando graves.
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