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sábado, 25 de mayo de 2019

¡Dónde estará el que lo puso!

"Cuando quitéis este cuadro diréis: ¡dónde estará el que lo puso! Año de 1781". Son las palabras que nos dedica el zaragozano Tomás Ferrer, autor de los frescos del patio del Hospital de San Juan de Dios de Granada. Las dejó secretamente escondidas tras uno de los lienzos, como en una cápsula del tiempo, pensando en cuando fueran leídas en el futuro con la ruina del Hospital.




viernes, 15 de febrero de 2019

Las Puerta de Moria de Granada

¿Sabíais que la mágica Granada tiene su particular "Puerta de Moria" en la antigua abadía del Sacromonte? Aquí la tenéis de día, desprovista de todo el musgo que la protegía hace unos años. Cuentan que en las noches en las que coincide la luna llena con el solsticio de invierno brilla con más fuerza que la plata más pura.







viernes, 20 de mayo de 2016

La Puerta III

''Es imposible pensar una puerta como nos mandas''. Esa fue la respuesta de los sabios a la extraña demanda del hijo del rey; ''es imposible poner a los hombres de acuerdo sobre la belleza ideal de cualquier cosa, o sobre su fealdad, o sobre cualquier absoluto que se piense, Allah nos creo perfectamente incapaces de llegar a un acuerdo sobre tales extremos.'' Los sabios se retiraron, no era la primera vez que tales exigencias se hacían, y no era tampoco la primera vez que la obvia respuesta debía de ser convocada frente a lo ingenuo del deseo de los poderosos.

Todos salieron menos uno, un anciano eremita que vivía en los lejanos valles que forman las montañas de la Sierra. Cuando el último de los sabios hubo salido de la habitación el viejo se acercó al príncipe y le dijo: ''yo sé de tu enfermedad príncipe, yo sé de tu deseo y sé de la causa de tu búsqueda, sé de la magia que te maldice y de quien la invoca contra ti, has de saber que la puerta que deseas ya fue construida hace muchos siglos y aquí tienes la llave que abre su cerradura.''

Tras pronunciar estas palabras y entregar la llave el sabio se marchó, dejando al príncipe a solas con sus pensamientos. Por primera vez era consciente de lo extraño de su manía con las puertas, fue corriendo a su diván y sacó los bocetos y los dibujos que había hecho durante este tiempo, eran miles los que tenia. Una vez que se le hubo pasado la agitación se miró la mano y pensó: ''esta mano es la llave de una puerta impensable, y nunca abrirá con un trazo de tinta la entrada que tanto ansío'', pero en cambio esta...El príncipe miró la llave y sonrió para sus adentros, ''estoy poseído por una extraña magia, y lo importante no es la puerta ni nunca lo ha sido, lo importante es lo que hay detrás de esa puerta, algo que existe de verdad y que me ha elegido a mí para que lo encuentre y lo libere, y esta misma noche empezaré mi búsqueda.''






La Puerta I


El príncipe se pasaba todo el día dibujando puertas, le gustaba imitar lo que había visto hacer a los alarifes por las murallas de toda la ciudad mientras enseñaban las formas y medidas de estas a los peones y maestros de obra que estaban encargados de fortalecer la medina con nuevos tramos de muralla, y de restaurar aquellos otros que por falta de mantenimiento mostraban desprendimientos y grietas.
Era una autentica obsesión la del hijo del rey por aquellas: de ángulos rectos, con decoraciones, acompañadas por vides que subían siguiendo el alfiz del arco y dejaban caer sus pámpanos por el dintel como si fuera un hermoso pelo ensortijado. También las dibujaba redondas y por supuesto imitaba aquellas que veía en la Alhambra y en otros palacios, a algunas les daba una puerta de madera y a otras rejas de hierro, a unas pocas en cambio las dejaba sin ningún tipo de cierre, pintándolas oscuras totalmente, como si la habitación a la que daban paso fuera un espacio sin ventanas o las profundidades de una cueva.
A tanto llego la manía del príncipe que en cuanto tuvo la posibilidad de gobernar en nombre de su padre, que en ese momento se encontraba haciendo la guerra como vasallo del rey de Castilla, mandó convocar a todos los sabios y alarifes de Granada para que unos pensaran la puerta más hermosa del mundo y otros la construyeran en algún lugar todavía por decidir de la ciudad. [...]

Imagen: Arco en ruinas. José Larrocha (dibujante), cerca de 1900


viernes, 6 de mayo de 2016

Castillo de la Calahorra


Y cuervos, y murciélagos, y mazmorras, tumbas, grandes salones vacíos, muros gruesos y el recuerdo de los antiguos nobles guerreros que lo habitaron. Y que lo habitan, porque su sombra se extiende por todo el llano, y más allá, por la Sierra y los bosques que en ella hay; y en los bosques, en la Sierra y en el llano hay noches frías, y en las noches frías hay hogueras, y alrededor de las hogueras se cuentan historias sobre el castillo, del castillo y de sus habitantes: aquellos que no vivieron en el, pero que nunca se han ido.




Tormentas de primavera

Es tiempo de tormentas, truenos y rayos. Fenómenos ante los que nuestros antepasados enmudecían. Cuando les sorprendía la ira celeste, corrían a resguardarse en la habitación más profunda del hogar, o al chozo más cercano si eras pastor o labrador y te encontrabas desamparado en mitad del campo. Era tanto su miedo, que los dioses más poderosos de la Antigüedad siempre se relacionaron con la tormenta. En la Bastetania, el dios Netón, señor del Trueno y de los Terremotos, tenía su trono en lo que hoy es Sierra Mágina y era adorado y temido por íberos y romanos en la antigua Acci (Guadix) junto a Isis. Y probablemente lo fueran también en algún lugar de la antigua Granada, pues conocemos la existencia de extraños rituales en aquella Iliberri/Ilíberis, cuyas ruinas reposan esquivas bajo el Albaicín, aunque de estos hallazgos os hablaremos en próximas entradas.

Ante la violencia desatada del cielo, aquellos pueblos ingeniaron diferentes formas para combatir su amenaza. En la Antigüedad se elevaban plegarias y sacrificios en altares dedicados al dios que, conocido por diferentes nombres, los desataba (Júpiter, Netón, Airón). En la Edad Media, los cristianos hacían sonar sus campanas de bronce para ahuyentarlas – lo que en más de una ocasión provocaba la fulminante caída de un rayo sobre ellas. Pero también se mantuvo desde los más remotos tiempos un oficio del que ni cristianos, ni musulmanes ni judíos pudieron prescindir, quizá por ser el más impresionante y eficaz hasta el triunfo de la ciencia moderna.

Los "conjuradores" o "encantadores de nubes y tormentas" se entremezclaron con las figuras del sacerdote, imán o rabino. Herederos de una tradición ancestral, de la que solo nos quedan vagas referencias, con sus conjuros hacían que las tormentas desaparecieran o se alejaran de la población a la que debían proteger. Algunos llegaron a alcanzar tal poder, que podían lograr que aquellas nubes desarrollaran todo su potencial y lo descargaran en el lugar que éstos les indicaran. Todavía hoy, bajo la sombra del Aneto y la Maladeta en los Pirineos (fijaos el parecido de Aneto con Netón -aunque su significado sea Ai-neto, “El pico más alto”, y el nombre de su macizo rocoso, ya que Maladeta significa de “La Montaña Maldita”), se conservan cerca de algunas iglesias unas pequeñas construcciones cubiertas, llamados esconjuranderos, comunidors o reliquiers, que dominan una panorámica excelente de su entorno y desde donde aquellos sacerdotes entonaban sus conjuros. Incluso se han conservado en antiguos libros y refranes parte de su contenido: En San Vicente de Labuerda gritaban "Boiretas en San Bizien y Labuerda: no apedregaráz cuando lleguéz t’Araguás: ¡zi! ¡zas!". En 1529, lejos de estar este oficio en decadencia, el inquisidor fray Martín de Castañega criticaba en su "Tratado muy sutil y bien fundado de las supersticiones y hechicerías y vanos conjuros" la proliferación de conjuradores que “juegan con la nube como con una pelota” y “procuran echar la nube fuera de su término y que caiga en el de su vecino” (para más información sobre los esconjuranderos pirenaicos, http://www.tiempo.com/ram/2043/ahuyentando-tormentas/)

Si esto sucedía en el norte cristiano medieval, del sur dominado por el Mulhacén tenemos un testimonio mucho más cercano a Granada. En el siglo XIII un monje escribía probablemente en Santo Domingo de Silos un poema en honor al conde Fernán González. En él hemos encontrado una referencia, que hasta ahora había pasado desapercibida, de cómo también los moros en el sur mantenían este extraño ritual ancestral. Nos dice aquel monje en boca del buen conde:

476 «Los moros, bien sabedes, se guian por estrellas,
non se guian por Dios, que se guian por ellas;
otro Criador nuevo han fecho ellos d'ellas,
diz que por ellas veen muchas de maravellas.

477 Ha y otros que saben muchos encantamientos,
fazen muy malos gestos con sus espiramientos,
de revolver las nuves e revolver los vientos
muestra les el diablo estos entendimientos. 


A los ojos de aquel clérigo castellano lo que estos sabios realizaban era una simple práctica impía y pagana a despreciar. Algo que en realidad revela el temor de aquellas gentes, cristianas o musulmanas, sobre sus sobrecogedores efectos y la ignorancia sobre su misterioso significado y origen. Sin duda, no es más que el fiel reflejo de cómo perduraron en aquella Espanna, Sefarad, Al-Ándalus medieval, las creencias populares de los tiempos antiguos.

Es fácil imaginarnos cómo desde el blanco Albaicín, la roja Alhambra o el pardo Mauror coronado por las Bermejas, desde alguna pequeña torre que dominaba toda la Sierra Nevada del Sulayr, algún esconjurandero desplegaba todo su formidable poder en días como éste.




martes, 3 de noviembre de 2015

Las Agujas de Dílar II

El Cromlech de Dílar II

Allá por el 1851 un pequeño pueblo de nuestra tierra vivió unos días de auténtico pavor. Hace tiempo os hablábamos sobre la excepcionalidad histórica y arqueológica del cromlech que hubo en Dílar, puesto que es algo totalmente inusual en estas tierras. Desconcierta saber que su existencia fue sorprendentemente efímera, ya que se destruyó al poco de su hallazgo y su recuerdo prácticamente se ha perdido: quién pregunta o busca más información se acaba topando con una cortina de silencio.

Como decíamos, este cromlech era en realidad un conjunto de tres círculos de piedras megalíticos, si acaso parecidos a Stonehenge excepto por sus menores dimensiones y por custodiar las almas de guerreros antiguos, bajo el túmulo que delimitaban sus menhires. Hoy, algunos arqueólogos lo conocen sin darle excesiva importancia: unos vestigios más destruidos por el tiempo, cuyo dólmen más importante han reconstruido parcialmente en el Parque de las Ciencias de Granada. Allí podéis visitar esta copia, en la que por supuesto no queda rastro alguno del terror que aquellos túmulos encantados inspiraron a toda la gente que los vieron con sus propios ojos.

En aquellos años de pobreza del s.XIX un cazador empeñado en sacar a su presa de una madriguera sintió como el suelo se hundía bajo sus pies. Cayó en una cámara subterránea largo tiempo olvidada, que protegía los huesos de antiguos caudillos que rápidamente apartó sin cuidado, pues el cazador sólo se fijó en los restos de oro y bronce, cuya extraña decoración atrajo su mirada. Y cautivó su alma.

Su avaricia no pasó desapercibida. Como en todos los pueblos, la noticia corrió como la pólvora: los más jóvenes del país se dirigieron hacia la lúgubre explanada de los Toriles, antesala de la sobrecogedora Boca del Río Dílar, que se encuentra protegida por dos imponentes moles afiladas que la siguen flanqueando. Iban a por riquezas, cavando de día y atreviéndose a dormir allí de noche. Pero lo que allí hallaron no era lo que buscaban.

Lo único que sabemos es que, a los pocos días, las ruinas fueron destruidas y las rocas arrancadas del suelo y dispersadas, como queriendo borrar su existencia. Lo que sucedió allí, si es que alguien lo sigue recordando, debe sobrevivir en la memoria de los más mayores del lugar: de aquellos pocos a los que sus padres se atrevieron a contárselo, movidos por el temor y la desesperación de ver desaparecer a sus hijos. Los que presenciaron aquellos días, vieron con sus ojos y sintieron en su corazón lo que le sucedió a aquellos que cavaron cegados por la codicia en un lugar silenciosamente protegido.

Sólo nos queda el relato de un erudito, don Manuel de Góngora y Martínez, que en 1868 nos legó testimonio de que "el monumento en cuestion era un dólmen complicado de nueve metros de largo... Sobre él se elevó un montículo de tierra, cuyo diámetro mide veinte y tres metros, y le limitaron con círculo de piedras clavadas en el suelo que, por punto general tienen ochenta centímetros de longitud...". Se hallaron otros dos túmulos con cromlech, de más de 15 y 18 metros de diámetro, y que llegaron a tener más de tres metros de alto.

Aunque don Manuel no fue testigo ocular de aquello, supo que las gentes de allí creían en cosas inverosímiles. Decía textualmente: "...me refiero á los monumentos formados de grandes piedras sin labrar, atribuidas por el vulgo á los gigantes ó á los encantadores, por los eruditos a los celtas,..."

Su amigo, el artista Martín Rico, dejó un testimonio mucho más inquietante en su cuadro, que a continuación reproducimos. En él se ven los Alayos entre nieblas, evocando las brumas del pasado; los tres círculos de las agujas de Dílar -así las llamaron los lugareños-, que medían en torno a un metro de alto, y dominando la escena desde la esquina superior de la pintura, el Veleta imperante.

 Los tres misteriosos Cromlech de Dílar (pintura de Martín Rico)
  
Hay una vieja leyenda irlandesa, relatada en un cuento del argentino Enrique Anderson Imbert, La Peste, que podría ilustrarnos sobre el horror vivido aquellos días en que unos espíritus en letargo fueron despertados para abandonar sus hogares bajo tierra y recordarles a los vivos que seguían existiendo. Robarles sus tesoros era arrebatarles la vida, y la defenderían como sólo ellos saben hacer: helando los corazones, erizando los cabellos, enloqueciendo las mentes.

"El primer signo de que las hadas de Irlanda estaban debilitándose enfermándose, muriéndose, lo notaron los hombres de Sligo. En una localidad llamada Rosses hay un montón de piedras: un pastor que durmió allí despertó loco. A los pocos días lo mismo ocurrió a otro. Y después a otro. Ya no hubo dudas: lo que pasaba era que las hadas robaban las almas a los dormidos dejándoles solamente sus ensueños. Cuando despertaban, los empobrecidos pastores no podían pensar ni hablar sino con los pocos ensueños que les quedaban en la cabeza..."

Por unos días las hadas de aquella historia no fueron de Irlanda sino de Granada, y los hombres de Sligo, de Dílar. Los pobres ingenuos que intentaron apropiarse de los tesoros de antiguos guerreros encantados acabaron vagando, errantes y perdidos, por los Alayos de Dílar bajo la sombra del Trevenque y la mirada del Veleta.

La Boca del Río Dílar, paso natural a los Alayos, entre el Faufín y Los Picachos.


lunes, 2 de noviembre de 2015

El Golem

''Y finalmente el Golem fue vencido, la chispa vital que refulgía en sus ojos tallados en la dura piedra desapareció y por toda la judería granadina se escucharon los nombres malditos de todos aquellos que algún día habían intentado convocar al Golem sin lograrlo...

-Joven Saúl, ahora la estatua quedará bajo tu custodia, dijo el extranjero que le había ayudado a vencer al autómata.

-Yo condeno a ese trozo de piedra a dar la vida que un día creyó poder arrogarse en contra de las leyes de Dios, contestó.''



Las fotos son de las fuentes que hay en el convento de San Francisco, actual Parador Nacional.

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viernes, 9 de octubre de 2015

La Torre del Nigromante III

¿Habéis reparado alguna vez en los capiteles negros expuestos en el Museo de la Alhambra? Oscuros como el azabache, atravesados por frágiles trazas verdosas como esmeraldas; allí permanecen desde hace unos años, impasibles ante las riadas de turistas. Su historia es prácticamente desconocida. Según los académicos, son unas piezas excepcionales: sólo se conocen cuatro capiteles de su tipo en todo Al-Andalus. Uno procede de Otura, y los otros dos fueron encontrados en el Harem de Muhammad V, en la Alhambra.

Sabemos que Muhammad V levantó su palacio -el Patio de los Leones- a mediados del siglo XIV, y quiso incorporar en él unas piezas singulares. Las más famosas son los doce leones de mármol blanco, procedentes según algunos del palacio de Ibn Nagrela, visir judío de los primeros reyes granadinos. Luego, en su harén, Mohamed situó unos misteriosos capiteles de mármol negro o serpentina, reutilizados de una construcción almohade anterior y largo tiempo desconocidos hasta su hallazgo arqueológico.

Los cristianos, cuando adecuaron las Torres Bermejas a su artillería, debieron sumar a los preciados legajos de la Madraza el siguiente documento, que encontrarían excavando sus cimientos y que aquí traducimos:

"...la tierra tembló, y tras unos golpes sordos surgió un gran destello [... ¡Dios] se apiade del soberbio alfaquí [ilegible], en cuya torre veíamos extrañas luces noche tras noche! ...  ceniza y escombros, nadie... olor hediondo. A la mañana, por orden del Emir, buscaron supervivientes..., asomaban algunas cabezas de los hermosos leones de mármol blanco que Ibn Nagrela..., pero sus esbeltas columnas se habían tornado negras y frías como una noche sin luna. Señalándolas, un anciano que había realizado el Hajj acalló al inquieto gentío. Recordó que su color se parecía a la Piedra del Profeta, pero dijo que aquellas estaban malditas: si la Kabba había absorbido los pecados de los hijos de Adán para bien, esos capiteles parecían haber absorbido las tinieblas de aquello que el imprudente invocaba... escaleras al abismo... abandonadas y condenadas en un monte inerte... "

El paso del tiempo hizo que los nazaríes olvidaran las leyendas ziríes. Por fin un emir se decidió a remover las ruinas de la oscura colina del Mauror, en busca de tesoros mágicos para que formaran parte del magnífico palacio que estaba levantando en su monte gemelo: la Alhambra. 

Sobre qué se estremeció en las entrañas del mítico Hizn Mawror, intentaremos dar luz en los próximos días...

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Más sobre la investigación arqueológica de los capiteles negros.


Piedras que lloran sangre

Las Torres Bermejas. Piedras que lloran sangre.

Granada (Rafael Alberti):
 
"¡Qué lejos por mares, campos y montañas!
Ya otros soles miran mi cabeza cana.
Nunca fui a Granada.
Mi cabeza cana, los años perdidos.
Quiero hallar los viejos, borrados caminos.

Nunca vi Granada.

Dadle un ramo verde de luz a mi mano.
Una rienda corta y galope largo.
Nunca entré en Granada.

¿Qué gente enemiga puebla sus adarves?

¿Quién los claros ecos libres de sus aires?
Nunca fui a Granada.

¿Quién hoy sus jardines aprisiona y pone
cadenas al habla de sus surtidores?
Nunca vi Granada.

Venid los que nunca fuisteis a Granada.

Hay sangre caída, sangre que me llama.
Nunca entré en Granada.

Hay sangre caída del mejor hermano.
Sangre por los mirtos y aguas de los patios.

Nunca fui a Granada.

Del mejor amigo, por los arrayanes.
Sangre por el Darro, por el Genil sangre.
Nunca vi Granada.

Si altas son las torres, el valor es alto.
Venid por montañas, por mares y campos.

Entraré en Granada."



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Brujas yendo al Sabbath (Falero)

Brujas yendo al Sabbath (Luis Ricardo Falero - 1878) Pintor granadino.


Guarnición tosca de este escollo duro
troncos robustos son, a cuya greña
menos luz debe, menos aire puro
la caverna profunda, que a la peña;
caliginoso lecho, el seno obscuro
ser de la negra noche nos lo enseña
infame turba de nocturnas aves,
gimiendo tristes y volando graves.


Polifemo. Luis de Góngora. (1561-1627)

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Mansiones abandonadas de Granada

Cuando se ve un nido se piensa en un pájaro, cuando es la luz encendida de un piso se cree que hay alguien viviendo allí. Cuando se ven estas moradas lo normal es pensar en cuentos, en cuentos de fantasmas...

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Relieve de Quéntar

Dicen que los cuentos, sobre todo los que hablan de los misterios mas terribles, de seres desconocidos, de amores imposibles y de los motivos mas insólitos, son en verdad la herramienta con que la magia de los humanos limpia el mundo de tales hechos antinaturales, encerrándolos en los libros y retirando de nuestro mundo realidades que nuestra cultura no esta dispuesta o no puede asimilar. Hace mucho tiempo que se selló, quizás en las praderas de Etiopía o en las selvas de Zaire lo que podía y no podía llegar a ser en el mundo, lo que seria realidad y lo que seria cuento. Este grabado perdido en las montañas cercanas a Quentar nos indica que falta un cuento por escribirse aun el mundo.


Virgen de los Agricultores de Quéntar

Hay un cortijo cerca de Quéntar conocido como Cortijo Prado Montero. Justo al lado del mismo hay un pequeño nacimiento de agua, abundante vegetación, albercas y una pequeña cruz, allí se indica que el lugar pertenece a la Virgen de los Agricultores, la cual bendice desde ese humilde enclave todo el valle que se abre a sus pies. Pero como si de un cuento de Machen o de W.H. Hodgson se tratase puede adivinarse en este paraje que su actual moradora no es sino la última de otros muchos seres que en algún pasado remoto debieron habitar el lugar, esto es algo común en estas tierras me diréis, y así es, pero en pocos sitios, en pocos parajes es tan evidente esto: que las fuerzas de la naturaleza alguna vez se congregaron bajo los sauces, que las ninfas y los faunos jugaron con el agua del arroyo, que los manes descansaron a la sombra de los cipreses y sobre todo, y esto es lo mas oscuro y terrible para nuestro pensamiento, que estas divinidades y los cultos asociados a ellas, no huyeron tan pronto como la fe en ellos desapareció, sino que por razones que nos son desconocidas, en este lugar más que en otros, han sido capaces estos seres de hacerse presentes hasta fechas muy recientes: numerosas son las historias de extrañas visiones asociadas a este lugar, extrañas desapariciones y dantescos sonidos escuchados en mitad de la noche. Dicen en el lugar que no siempre los ruegos por la fertilidad de la tierra exigían inocentes oraciones y piadosos ruegos, hubo tiempos en los que la tierra, no despojada aún de su fuerza primigenia, nos exigía algo más a cambio de sus riquezas...



Sexualidad y Alhambra

Toda Granada es una ciudad que tras una apariencia de colorido y festividad exuberante oculta historias terribles que inquietan aún mas en contraste con la sensaciones agradables que nos llegan a nuestros sentidos: es un claroscuro urbano que lleva la tensión entre los opuestos a limites insospechados, igual se puede decir de la Alhambra. Entre esos dos mundos hay otro mas cerrado y hermético aun, y es que la ciudad tiene sexo y sexualidad, la única manera en que se puede unir los opuestos y hacer emerger significados coherentes; sus piedras, tocadas por el más extravagante de los sortilegios son capaces de gozar y reproducirse, disfrutan, según dicen, del roce de las manos de los extraños. Escondido entre los arboles del Bosque de la Alhambra creemos haber descubierto una extraña moldura decorativa que demuestra que estas historias tienen un poso de verdad. El clítoris de la Alhambra:


El Caballero Sin Cabeza Granadino I

''...De pronto se paró Mateo delante de un grupo de higueras y granados, al pie de un enorme torreón ruinoso llamado La Torre de los Siete Siglos (Suelos), y, señalándome una bóveda subterránea debajo de los cimientos de la torre, me dijo que allí se ocultaba un monstruoso vestigio o fantasma que, según se decía, habitaba en aquella torre desde el tiempo de los moros, y que guardaba los tesoros de cierto monarca musulmán. Añadiome también que algunas veces salía a medianoche y recorría las alamedas de la Alhambra y las calles de Granada bajo la forma de un caballo descabezado perseguido por seis perros que lanzaban terribles ladridos y aullidos espantosos.

-¿Se lo ha encontrado usted alguna vez en sus excursiones? -le pregunté.

Todo el mundo en Granada ha oído hablar de El Velludo, se dice que es el alma en pena de un cruel rey moro que mató a sus seis hijos...''

Cuentos de la Alhambra / Washington Irving. ''Un paseo por las colinas''.


Con la intención de sorprender a una chica le había propuesto el ir a la Alhambra bajo la excusa de que me sabia yo ciertos lugares por donde poderse colar al monumento, lugares que solo los más avezados granadinos sabían. Por supuesto era mentira, pero allí estaba, subiendo con ella por la cuesta de la Alhambra mientras mi cabeza pensaba mil excusas. No hicieron falta, mientras paseábamos por la oscuridad del recinto abierto al público una especie de milagro vino a socorrerme, había por entonces unos trabajos en el Parador de San Francisco, y los muros que separaban el espacio público del destinado a la visita estaban en obras, con la fortuna de que varios sacos de cemento se apilaban en un muro haciendo de improvisada escalera que permitía pasar al otro lado, de no haber estado allí esos sacos hubiera sido imposible el sortear la altura del muro, y allí se habría acabado la aventura. En ese momento, viendome favorecido por el espíritu de la Alhambra adopté una actitud más osada, mire a los sacos como si hubieran estado allí desde que algún príncipe moro los dejara al finalizar las obras en su palacio, y salte al otro animando a la chica a que me acompañara...

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(Sleepy Hollow, el jinete sin cabeza o decapitado adaptado por Tim Burton al cine, fue inventado por Washington Irving y probablemente basado en las leyendas que conoció durante su paso por Granada, tal y como dejó plasmado en sus Cuentos de la Alhambra)

Rostros de Granada III

"Es el alba una sombra
de tu sonrisa,
y un rayo de tus ojos
la luz del día;
pero tu alma
es la noche de invierno,
negra y helada."


Gustavo Adolfo Bécquer, Rima 87.

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El Panderete de las Brujas IV

El texto que os acabo de reproducir venía acompañado de una fecha, y una nota que decía: 

''18 de junio de 1821. 

Otra vez, por tercer año consecutivo desde que este escrito está en mi poder, se han vuelto a ver las hogueras danzarinas y ha escuchar los cánticos prohibidos la noche pasada, no se si es algún engaño de mi cabeza que me hace ver aquelarres y brujas donde antes veía una reunión de los gitanos de las cuevas, pero cada 17 de junio son mas vividas estas visiones. He vuelto también a soñar que participaba en los más asquerosos rituales y a sentir la imperiosa necesidad de asomarme a mirar el cerro del sombrerete, paso horas mirándolo sin saber que demonios me resulta en el tan atrayente''

Hoy es 17 de junio, han pasado unos días desde que encontré estos últimos documentos que hablan sobre el monte de las brujas, como no tengo reparos ya en denominarlo, una inquietud invasiva se ha adueñado de mi hasta el punto que para escribir estos párrafos contando mi historia he necesitado salir de Granada. Si por mi fuera hubiera pasado el día entero lejos de aquí pero mis obligaciones me han hecho volver, mis obligaciones y un último chispazo de la sobriedad mental con que siempre he dirigido mis pensamientos. Sin duda el relato y las historias de antiguas brujerías que se cuentan sobre el promontorio que ahora mismo veo desde mi ventana han causado en mi un efecto parecido al que se narra en esa nota de 1821, pienso en cambio que si bien aquel hombre pertenecía a una sociedad todavía invadida por la magia y la religión, yo dispongo a mi alcance de mil explicaciones que deben de bastarme para controlar mis temores, y lo mas importante de todo, para disipar la magia de la casualidad, esa magia que a través de varias carambolas consecutivas -porque eso es lo que son- me ha hecho llegar a esta situación que raya la paranoia. Esta noche dormiré con la ventana abierta por primera vez en semanas, las brujas no existen y la maligna voluntad que ha ido guiando mi curiosidad es tan solo reflejo de mi pasión por descubrir lo exótico en los lugares más familiares. Esta noche dormiré sin temor, y mañana el pandero y su soniquete que llama a las brujas de mi imaginación volverá a ser el mismo monte mustio y lleno de antenas que siempre ha sido, quizás algún día de estos incluso lo visite de nuevo...

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Foto: Archivo F. Teología. Portada del edificio Colegio Máximo sin el grupo escultórico religioso. (1898). Foto reproducida del libro Memoria Grafica de la Universidad de Granada de Antonio A. Ruiz Rodriguez. // Al fondo encima del edificio el Sombrerete de las Brujas. 

El Panderete de las Brujas III

Paso a reproducir el texto que encontré plegado mientras consultaba la edición más antigua que se conserva del libro de Manuel Fernández y González, en el cual aparece citado el Panderete de las Brujas:

''A las tres semanas de la rendición de Granada, una vez que la situación se había calmado entre la morisma, decidimos salir a buscar algún tesoro que los más nobles entre los granadinos hubieran podido haber escondido en las cercanías de la ciudad. Con este ánimo nos dirigimos al pago que los moros llamaban Dínadmar o Aynadamar, varias horas estuvimos buscando entre los huertos y albercas que había en este lugar hasta que cansados por el esfuerzo y desanimados por lo infructuoso del trabajo nos subimos a una especie de cerro plano que coronaba el lugar con la intención de otear mejor desde allí los alrededores en busca de nuevos destinos, el sitio era yermo pese a que en el entorno había agua en abundancia, las plantas crecían mustias y la tierra, de un rojo provechoso en el resto del pago era aquí grisácea, como si muchos incendios hubieran ocurrido en este lugar sin que nunca acabara de recuperarse del todo.

Al rato uno de los hombres que tenia encomendado el patrullar el cerro vino a nosotros con gran cuita y lamentándose de la mala fortuna y de la codicia que nos habían traído a aquel lugar. Pronto descubrimos lo que angustiaba al soldado: en la parte más alta del cerro encontramos una serie de piedras que formaban un gigantesco circulo coincidiendo con los limites de la meseta que coronaba el cerro, grabadas en las piedras se observaban letras demoníacas e imágenes malignas y blasfemas, un abominable sacrilegio se había llevado a cabo en ese lugar hacia no muchas noches, por todo el sitio seguimos encontrando las huellas del ritual que había mancillado con el mal aquel paraje. Asustados por lo que habíamos visto bajamos con gran prisa a Granada y una vez allí contamos el relato de lo que nos había ocurrido.

Poco tiempo después supimos de boca de los moros de la ciudad que aquel sitio era para ellos un monte prohibido y que lo rehusaban siempre. Inexplicablemente, por lo que pudimos saber, sus reyes habían estado siempre en buen término con una secta maligna que había llegado a la ciudad procedente de algún lugar remoto; desoyendo la opinión de sus sabios y religiosos de acabar con esa secta los reyes visitaban el cerro en ocasiones y hacían donativos a estas mujeres, mientras que el pueblo las acusaba de los mas crueles crimines y de la idolatría mas execrable. Justo cuando las actividades de estas brujas era más importante y osada las tropas cristianas entraron en la ciudad y lo último que se sabe de aquellas es que abandonaron por la noche su guarida, no sin antes proferir dañinas maldiciones sobre la ciudad y sus habitantes. 

La Inquisición acabó por mandar purgar el lugar, pero es bien sabido que tal orden no se llevó a cabo exhaustivamente, tal era el miedo y el mal que se desprendía de aquel santuario diabólico. Este monte paso a ser conocido como el Panderete de las Brujas, por la forma del cerro y las cosas que se han relatado que ocurrían en su cima''

Anónimo siglo XV.

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El Panderete de las Brujas II


''La figura de la cumbre justificaba el nombre de la colina: era enteramente redonda y perfectamente plana, como la superficie de un pandero; en cuanto a su calificación de Panderete de las brujas la justificaba el ser pública voz y fama que en aquel lugar se reunían todos los sábados a celebrar sus conventículos las brujas residentes en diez leguas a la redonda.''

(Los Monfíes de la Alpujarras. Fernández y González, Manuel, 1821-1888.)

Contaba que habiendo sido ya atrapado por las historias que se contaban sobre el Monte del Sombrero, me dedique durante algunas semanas a informarme con más detalle de aquellas supersticiones, en un principio como ya dije tal tarea me resultaba un entretenido pasatiempo, las citas que encontraba eran todas de novelas del siglo XIX, las cuales habrían recogido sin duda alguna verdad popular que circularía por la Granada de la época, pero dudaba yo que tuvieran mayor recorrido, dejando de lado, por supuesto, el que las brujas no existen, es más, creía yo por entonces que ni siquiera el mal, la voluntad maligna, fuera algo mas que una creación de las moralinas del pasado.

''La cumbre del cerro es redonda, formando como una especie de mesa motivo por el cual se llama comúnmente el panderete de las brujas, habiendo la creencia vulgar de que allí se congregaban en medio del silencio y la obscuridad de la noche, para tomar vuelo desde aquella altura.''

(Doña Isabel de Solis. Martínez de la Rosa, Francisco, 1787-1862)

Varios días llegue incluso a deambular por las proximidades del cerro, ciertas obligaciones me habían llevado a tener que subir a la facultad de letras, cerca también de nuestro embrujado promontorio, tras dar por concluidas las tareas que me ocupaban en la facultad siempre sacaba tiempo para pasear por los alrededores, donde numerosas ruinas y restos de antiguas construcciones jalonan el lugar. Nada de brujas. Pese a que aparentemente el tema parecía ya agotado, cada noche, antes de dormir, no podía evitar el mirar de soslayo aquel hito, ciertamente el paisaje que desde hace mas de veinte años llevo contemplando desde mi ventana había cambiado de repente, no sabría explicar bien esta sensación, mas de un día llegue incluso a cerrar la persiana sintiéndome observado desde aquella colina. Todos hemos padecido pequeñas neurosis a lo largo de nuestra vida, la ansiedad habita en las sombras y rincones de la cotidianidad, y esto era para mi consuelo suficiente.

Pero aquello lo cambio todo, yo seguía buscando en los libros antiguas menciones sobre aquel cerro, hasta que un día encontré algo inesperado, algo que no esperaba encontrar...

Las citas en cursiva sobre el Cerro del Sombrerete o Panderete de las Brujas, por supuesto y por desconcertantes que sean, son reales.

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