''Después de admirar el paisaje, cuando el sol hacía imposible nuestra permanencia en aquel lugar, nos disponíamos a descender; observamos, con gran sorpresa, que en una de las torres de la Alhambra dos o tres
muchachos agitaban largas cañas, como si quisieran pescar en el aire, [...]
¿Qué mejor pasatiempo que el de cazarlas por medio de anzuelos encebados con apetitosas carnadas?
¡Pescar en el cielo! He aquí el grato y productivo deporte inventado por los habitantes de la Alhambra.''
Ésto lo escribía Washington Irving en su cuento
El Palacio de la Alhambra, una tarde de 1829 en la que el paso del día a la noche confundía los
ojos de un romántico en un lugar mágico, poblado por seres encantados.
Que sepamos, ningún artista de su época - y ni anterior ni posterior-,
ningún escritor, pintor, poeta, fotógrafo o ilustrador, nos ha dejado un
testimonio similar de esta imagen tan poética. El genio de la Alhambra es caprichoso en días como
éste.
La historia real es la de unos
pescadores de golondrinas que, con cebo de mosca, esperaban pacientemente en las adarves almenados de la Alhambra.
Fragmento completo de la versión original:
Before concluding these remarks, I must mention one of the amusements of
the place which has particularly struck me. I had repeatedly observed a
long lean fellow perched on the top of one of the towers, manoeuvring
two or three fishing-rods, as though he were angling for the stars. I
was for some time perplexed by the evolutions of this aerial fisherman,
and my perplexity increased on observing others employed in like manner
on different parts of the battlements and bastions; it was not until I
consulted Mateo Ximenes, that I solved the mystery.
It seems that the pure and airy situation of this fortress has rendered
it, like the castle of Macbeth, a prolific breeding-place for swallows
and martlets, who sport about its towers in myriads, with the holiday
glee of urchins just let loose from school. To entrap these birds in
their giddy circlings, with hooks baited with flies, is one of the
favorite amusements of the ragged “sons of the Alhambra,” who, with the
good-for-nothing ingenuity of arrant idlers, have thus invented the art
of angling in the sky.
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