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sábado, 25 de mayo de 2019

¡Dónde estará el que lo puso!

"Cuando quitéis este cuadro diréis: ¡dónde estará el que lo puso! Año de 1781". Son las palabras que nos dedica el zaragozano Tomás Ferrer, autor de los frescos del patio del Hospital de San Juan de Dios de Granada. Las dejó secretamente escondidas tras uno de los lienzos, como en una cápsula del tiempo, pensando en cuando fueran leídas en el futuro con la ruina del Hospital.




jueves, 16 de febrero de 2017

La Puerta Roja

El negro manto de la noche cae sobre Granada. Las hordas de turistas abandonan la Alhambra, donde ya no habita ningún alma. La Puerta de los Siete Suelos, reina de la Montaña Roja desde su trono invisible, espera el amanecer de la luna. Pero ésta, menguante, no llega a iluminarla. Su plateada fuerza se va apagando y, como cada mes, deja que figura quede sumida en las tinieblas. "Semperclausa" llamaron a esta puerta, "la que siempre está cerrada", pues desde que el último rey moro de Granada la abandonara indefensa, los nuevos reyes de fe católica ordenaron tapiarla, horrorizados por la maldición que el último ulema de Granada lanzó para sellarla bajo un conjuro que ningún clérigo ha sido capaz de romper jamás.

De esta forma, sus lúgubres torres parecen crecer en oscura majestad mientras ninguna rama se atreve a romper el pesado silencio que poco a poco las va rodeando. Y algo duerme en el corazón de sus muros, esperando ansiosamente este momento. Las macabrillas que forman los muros de la Alhambra parecen sepultar aún más su quietud, como si las almas de los antiguos cadáveres que custodiaban se encogieran en su interior.

Entonces un ladrido rompe el silencio. Y luego otro. Aquí y allá, sus ecos se multiplican hasta la locura: la Puerta Roja despierta. Desde lo más profundo de sus cimientos un aliento sin vida asciende tras un séquito de terror que le precede en forma de jauría. A lomos de un huracán que retuerce las ramas, sacudiendo la tierra como si mil jinetes cargaran con toda su furia monte abajo, desciende un caballero descabezado y colérico. El frío y la niebla envuelven a Velludo, que vuelve para cobrar su tributo entre los mortales.

Hoy la luna no amanecerá sobre el Cerro del Sol. Solo cabe atrancar los postigos, apagar las luces y esperar que todo niño vuelva a levantarse junto a su madre y todo amante junto a su amada en una mañana que no parece llegar nunca.

Grabado de W. Radclyffe en base a David Roberts (1834).


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"Porta Castri Granatensis semper clausa" (La puerta del castillo de Granada, siempre cerrada) . Detalle de grabado de Joris Hoefnagel (1581).





martes, 10 de mayo de 2016

Enterrada en Vida

El alarife manejaba el palustre con la maestría que le daban los años de oficio, los ladrillos, amontonados en un lateral, eran untados con eficacia con la pobre mezcla de cal y arena y colocados uno tras otro en cítara. El corazón latía en sus oídos, respiraba profundo como si el aire fuera más espeso, la habitación menguaba ante un tabique que vería hasta el día de su muerte. Con cada hilada de ladrillos redimía un pecado; con una pared, todos y cada uno, los habidos y por haber. Tras de sí, por encima de su cabeza, un ventano, el agujero que la mantendría unida a la vida y también al pecado. Entraba un haz de luz que se proyectaba sobre la cada vez más solida pared. Los sonidos producidos por el hacer del albañil cada vez se escuchaban mas lejanos y más huecos. Con la colocación del último ladrillo empezó a comprender lo que suponía su nueva situación, con cada raspar apagado de la llana al otro lado del tabique asumía su estado de penitencia, una penitencia autoimpuesta, una penitencia casi mística.

En esa celda ni siquiera tenía espacio para estirarse completamente, por el ventanuco entraba una gélida corriente proveniente de la sierra, el suelo y las paredes estaban húmedas. La gente pasaba por la calle a la que daba el ventanuco y le dejaba alguna limosna el día de los oficios, su familia iba más a menudo a dejarle algo para comer y beber, era todo un orgullo. Lo agradecía y rechazaba a la par, sólo con gestos, dedicada unicamente a la meditación y al rezo. Su nombre era Clara Montalbán y fue murada de la iglesia del Salvador del Albaicín en cumplimiento de su voto de tinieblas.

Pero Clara pudo elegir mantener, tal como las antiguas vestales, la llama de la fe a través de la contemplación y por ello era venerada y respetada. Igualmente le ocurría a otras emparedadas conocidas como María Toledano que pasó veintisiete años emparedada en oración en la antigua ermita de “San Antón el Viejo” hoy con el sugerente nombre de calle Santo Sepulcro. Otras por el contrario no eran muradas por su propia elección y consentimiento, de éstas, por la vergüenza o el respeto, en la mayoría de los casos no conocemos sus nombres. Era una práctica antigua en las ordenes religiosas femeninas enclaustrar (esta vez sin sustento) a la devota que rompía sus votos, principalmente el de castidad, sin importar si esos votos se rompían con su consentimiento o sin él.

Un ejemplo de ésto lo tenemos en el cruel hecho acaecido en septiembre de 1615 cuando Gaspar Dávila, de oficio torcedor de seda, enajenado por la fogosidad, alimentada quizá por la ronda a diario de los aledaños del monasterio de Santa Isabel la Real cuando iba camino del taller, se fijó en una joven monja. Un día, aprovechando que dicha monja se encontraba sola en el huerto, saltó la valla rompiéndola, la raptó y yació con ella. El tal Gaspar, cristiano nuevo, fue ejecutado en el cadalso de Plaza Nueva; la joven monja, fue flagelada en penitencia y murada en cualquier rincón del mismo monasterio de Santa Isabel la Real.

Quien sabe si el encierro eterno de esta monja anónima, se terminó unos trescientos cincuenta años después cuando el pintor Enrique Villar Yebra, andurreando por el palacio de Dar al-Horra (que formaba parte del monasterio de Santa Isabel la Real), se topó en la torre norte con una pared hueca, llamó al jefe de obras de la Alhambra que se encontraba por allí, José Torres, le pidió que picara el tabique para saciar la curiosidad, y aunque reacio en un principio ante la posible ira del arquitecto general, Francisco Prieto Moreno, finalmente lo convenció. Al clavar la espiocha cayeron cascotes al interior, continuaron con el picoteo hasta que el agujero fue lo suficientemente grande para observar que sólo se trataba de un pequeño cubículo, en su interior unos huesos desvencijados esturreados por el suelo.

Esta costumbre se prohibió, en parte por el celo que le había puesto la inquisición a esta práctica, a partir de la última década del siglo XVII, pero lo cierto es que en el amparo de las tinieblas se siguieron realizando emparedamientos por muchos años. Aún en muchos pueblos y ciudades perduran leyendas y habladurías de tal o cual mujer enterrada en vida como si de un cuento de Poe se tratara. Enterrada en vida, como el titulo de la novela costumbrista de Rafael del Castillo bajo el pseudónimo de Álvaro Carrillo, que poco tiene que ver con la historia que acabo de contar, y que fue una de las razones por las que recordé a estas mujeres penitentes; esos ventanucos a ras de suelo o a alturas inadecuadas de los laterales de muchas parroquias viejas o esa angustia de encontrarse enclaustrado y sin salida, uno de los temores más profundos y mas sacralizados desde tiempos inmemoriales.




viernes, 6 de mayo de 2016

Panderete de las Brujas

''La figura de la cumbre justificaba el nombre de la colina: era enteramente redonda y perfectamente plana, como la superficie de un pandero; en cuanto á su calificacion de Panderete de las brujas la justificaba el ser pública voz y fama que en aquel lugar se reunían todos los sábados á celebrar sus conventículos las brujas residentes en diez leguas á la redonda. En medio de la cumbre había un casuco arruinado y desvencijado, en donde según fama, los demonios levantaban su trono á Lucifer, siempre que se celebraba una de aquellas negras, misteriosas y reprobadas festividades, en cuyo trono se sentaba el espíritu de las tinieblas, disfrazado bajo la forma de un macho cabrío.'' (Los Monfíes de las Alpujarras, de Don Manuel Fernandez y Gonzalez)

Volvemos por un momento al Panderete, si es posible hablar así de un motivo que nunca se ha ido, y que difícil es que lo haga puesto que mientras que escribo estas palabras lo estoy divisando a lo lejos, tan seco y estéril como de costumbre.

De este extracto de la novela se tiene que en la época en que se escribió debía haber en el lugar una casa ya en ruina por aquel entonces. O quizás no, se trata solo de una novela, pero lo cierto es que justo al lado del Cerro hay un ''casuco'', ''arruinado y desvencijado''; no iremos tan lejos como al afirmar que allí, en esa casa, levantan los demonios un trono a Lucifer, o quizás si, y ya sea hora de enfrentar de una vez con lo que sea que ha dado pábulo a la leyenda. Pronto habréis de saber más.



lunes, 2 de noviembre de 2015

El Golem I

EL GOLEM I

Ahora en serio: el Golem. El golem es la muerte de Dios. Y eso no importa, también es la muerte de la muerte; es la muerte de Prometeo: el dios humano; el fin del azar y el fin del azar es el final del amor: no hay nada más aleatorio que la gota de semen que cae; el golem es el fin del infinito. Es el ser más terrible que haya existido nunca, y por suerte, las veces que lo ha hecho ha sido vencido, ¿como un ser tan poderoso ha podido ser derrotado?

Y en Granada...

En Granada y en otras ciudades mágicas, donde el teatro de la vida se interpreta mejor: tiene mejores actores, mejor escenario y los sentimientos mueven más átomos y células que en otros sitios. Allí, aquí en esta ciudad, en las callejuelas y adarves de su judería hubo una noche el la que el Autómata caminó entre nosotros. El poder de la letra y la hibris de aquellos humanos que conocen lo que no debe de ser conocido lo convocó de entre los anhelos del hombre: ¡Quien lo diría! Son tantas las pesadillas y los terrores que mueren al alba, tantas las miserias que el tiempo apacigua...Y tuvo que ser un anhelo el que estuvo a punto de acabar con la vida.

Llegó desde oriente, oculto en un libro, como lo hacen los auténticos demonios, un libro que fue guardado durante mucho tiempo en las mazmorras que hoy día podemos ver en lo alto de la colina del Mauror...

El Golem

''Y finalmente el Golem fue vencido, la chispa vital que refulgía en sus ojos tallados en la dura piedra desapareció y por toda la judería granadina se escucharon los nombres malditos de todos aquellos que algún día habían intentado convocar al Golem sin lograrlo...

-Joven Saúl, ahora la estatua quedará bajo tu custodia, dijo el extranjero que le había ayudado a vencer al autómata.

-Yo condeno a ese trozo de piedra a dar la vida que un día creyó poder arrogarse en contra de las leyes de Dios, contestó.''



Las fotos son de las fuentes que hay en el convento de San Francisco, actual Parador Nacional.

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viernes, 9 de octubre de 2015

El Duende de Granada I

Un gnomo escurridizo y alegre,
de mirada fría como la escarcha,
con pies ligeros trota, libre y felizmente,
bajo las tenues noches de luna clara.

Un cantarín duende de aspecto infantil.
Figurilla ella saltarina y risueña que,
De tejado en tejado, entre tretas, graciosa,
Con aguda risilla traviesa y sonora,
atormenta a los extraviados por el Albaycín,

Un diminuto elfillo que pasaba largos ratos
Jugando en la ruinosa Torre del Alquimista:
A salvo de la jauría del ciego Velludo
Silbando, cantando, disfrutando de sus vistas.

Una sombra fugaz, iracunda, sin morada,
al que algún insensato descuidado
Ha destruido su mirador favorito hechizado:
Así anda ahora, enloquecida, descontrolada,
Buscando cruel y merecida venganza.



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La Nube del Dragón

No es este lugar para tratar las razones técnicas y geográficas por las que incluso en verano es posible ver las cimas del Valle de Lecrín y la Sierra de Lújar preñadas de nieblas y brumas. Es más interesante hablar en cambio de una nube en concreto, de una nube serpenteante que todos los años baja de las montañas, lenta e inexorablemente hacia su cubil en el llano, cerca del río. Esta nube no es una nube cualquiera, se trata de la Nube del Dragón, como es conocida popularmente por los habitantes de los pueblos de la zona, y como debió de ser conocida en las lenguas olvidadas de la antigüedad. Hoy en día la nube ya no aterroriza a nadie en el Valle, incluso cuentan los mas ancianos que cada año el perfil draconiano de esta es menos evidente, pero a raíz de las pocas representaciones que se han conservado de las culturas primitivas de la zona es posible pensar que el Dragón debió de haber sido el centro de oscuros cultos de los que apenas sabemos nada. Quizás solo el río, ese al cual va a desembocar la nube para una vez allí desparecer, tenga algo mas que contarnos sobre su morador. El río del que hablamos es el Guadalfeo, también llamado río de la Sierpe.