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lunes, 6 de marzo de 2017

El dios Airón (II)

Un desfile de sombras recortadas por el fuego se retorcían, de uno a otro lado, al son de cítaras, aulos y gemidos cada vez más intensos. En aquel salón, levantado según unos orientales les habían indicado, danzaban y bebían llenos de regocijo los elegidos por la Triple Diosa en la más profunda intimidad. Estaban de celebración. Tres nuevas jóvenes habían sido aceptadas por Deméter, la Dea Mater, que presidía la sala en forma humana ataviada con el largo vestido de los íberos, tocado desde lo alto de la cabeza a los pies con gran colorido, plagado de collares de oro repletos de medallones, recordando a aquella Madre que preside el altar más sagrado de Éfeso. Con ojos terribles y mirada hierática ella sonreía mientras se tambaleaban sus adoradores con movimientos cada vez más violentos. Pronto afloraría la naturaleza más salvaje y fiera del hombre. Al son del fuego aquella corte de ménades y sátiros empezaron a quebrar las ánforas de oriente, y los vasos comenzaban a volar sin apenas haber tocado el dulce vino tracio mezclado con aquella miel ática.

De súbito, a un gesto de la sacerdotisa las antorchas se apagaron y aquella noche de luna nueva sumió al séquito de bacantes en la más profunda oscuridad. Una lucerna se iluminó al fondo del patio, y titileante se dirigió hacia la boca del túnel que se abría en su extremo. Los manes de terracota parecieron girar sus ojos, y sólo protegidos con pieles de leopardo aquellos seres poseídos por daimones alzaron sus manos y portaron consigo las copas más preciadas. Descendieron a los pies del recinto sagrado hasta que una forma con apariencia de bestia les detuvo. Dos poderosos cuernos revelaban que era él, Término, Acheloo, el dios padre con forma humana, al que algunos griegos luego llamaron Gerión en Iberia. A sus pies había una grieta, y todos sabían lo que debían hacer. La vajilla ritual, traida de Eubea y Delfos, debía ser enterrada para sellar el lugar y aplacar al genio de Ilturir. Como relámpagos cayeron las copas al unísono, y la figura desapareció. Un temblor selló la brecha. El séquito, tras recuperar el aliento, volvió a recuperar el ánimo y el aedo, con un canto en la lengua de los iliberritanos, se adelantó para presidir la comitiva. Y así, cruzando el río sagrado que separaba la ciudad de los vivos y de los muertos, dirigió sus pasos hacia el bosque sagrado que lúgubre se levantaba frente a la ciudad de Ilíberis, la de ocres muros.

Justo a las puertas del nuevo milenio, en 1999, los arqueólogos hallaron en la calle Zacatín los restos mudos de aquel ritual sobrecogedor. Cerámicas áticas de barniz negro y figuras rojas, vidrios de lujo, entregados a una divinidad desconocida en una ceremonia olvidada. El sello había sido roto después de dos milenios, pero el espíritu que los recibió llevaba ya siglos despierto, en silencio, pese a que su cuidad haya mudado de nombre pero no de símbolo. La granada, como bien sabían los investigadores del equipo que envió la universidad, era uno de los atributos de Perséfone y Plutón, señor de los infiernos. La cara deforme y monstruosa que hallaron en una de aquellas copas era su atributo más arcaico, más primitivo y también el símbolo de aquella Ilíberis o Iliberri que hoy es Granada.


Artículo sobre el depósito de Calle Zacatín: http://ler.letras.up.pt/uploads/ficheiros/14357.pdf 

Una de las copas halladas en el depósito de Calle Zacatín (p. 33 del artículo)
 Una de las monedas de la ceca ibérica de Ilturir/Iliberis/Iliberri (Granada)


martes, 21 de febrero de 2017

El dios Airón (I)

El dios Airón (I)

Era julio de 1431, y nuestros soldados, derrotados, huían del desastre que acababa de sorprenderles. Lanzas rotas y adargas ensangrentadas regaban las acequias de la vega. Los caballos corrían sin jinete que los guiara y, en medio del caos, los caballeros infieles avanzaban sin resistencia alguna arrasando todo a su paso. ¿Qué habíamos hecho, oh Allah, para merecer esto? No sin grandes penas conseguimos refugiarnos tras las imponentes defensas de Puerta Elvira y Birrambla... Pero Granada ya no era un sitio seguro. Creíamos que podríamos descansar bajo las soberbias murallas que construyeron nuestros abuelos... ¡qué ingenuos habíamos sido! A medianoche supimos que el verdadero mal estaba dentro, y no fuera, de nuestros muros.

El rey de los cristianos, Juan II, lo tenía todo a su favor: la perla de Andalucía, indefensa, estaba al alcance de su mano. Pero aquella noche los centinelas prestaban más atención a la colina del Mauror que a la multitud de antorchas que iluminaban nuestra vega como un mar de estrellas. Nadie, fuera o dentro de Granada, pudo conciliar el sueño. Grandes destellos y fuertes llamaradas estallaban por detras de la Alhambra, iluminando las Torres Bermejas desde las profundidades de las mazmorras que perforaban sus cimientos. Y luego... luego algo comenzó a sacudir el suelo una y otra vez. “La tierra se estremecía con grandes vaivenes y subterráneos bramidos y truenos que en sus entrañas se oían, atemorizaba á los más valientes, y todos esperaban grandes cosas”, llegó a escribir Fernán Gómez de Ciudad Real, unas décadas después.

Allí, convocados por el emir de los creyentes, se había reunido el consejo de ulemas y alfaquíes, presididos por un extraño sufí al que el pueblo respetaba y por cuya oscura fama el rey había desterrado a los yermos de Guadix y Baza... La situación era desesperada, ¡después de 700 años, los últimos musulmanes resistían en Granada sin más esperanzas que las de un ritual en la sombra, en el maldito Mauror!

Al amanecer la magia del morabito no se hizo esperar más. Los pilares de la Granada milenaria se quebraron. Con una violencia procedente de lo más profundo del infierno se hundieron las casas, se arruinaron las defensas y algunas de las más altas torres desaparecieron bajo una espesa nube que cubrió Granada como un espejismo.

Mohammed IX había conseguido salvar la ciudad, aunque a un alto precio. “En este tiempo tembló la tierra en el real del Rey, y en Granada se cayó parte del Alhambra;... fue tan grande este temblor y tantas veces que no había memoria de gentes que uviesen visto otra cosa semejante”, recordaba el soldado Alonso Barrantes Maldonado. Y fue tal su violencia que los cristianos huyeron despavoridos con tal pánico que ni siquiera se fijaron en que la ciudad que dejaban a sus espaldas estaba completamente a su merced. ¿Qué horror habían despertado aquellos magos cubiertos con turbantes?

Las murallas habían quedado arruinadas con brechas por doquier, las mezquitas habían perdido sus alminares y no podíamos rezar a Allah, mas... ¿acaso él había venido a socorrernos? ¡No! ¡Él no fue quién nos salvó del desastre, sino una fuerza largo tiempo olvidada! Incluso el hermoso palacio de cúpulas de lapislázuli que Muhammad V ordenó levantar en los Alixares había sido arrasado, quedando sus maravillas perdidas para siempre.

El daño fue tal que cuando los Reyes Católicos conquistaron la ciudad, aún ésta mostraba las heridas sin cicatrizar de aquel conjuro. Unas heridas que sin embargo habían conseguido mantener Granada bajo el poder de los musulmanes medio siglo más... Y para entonces, cuando los reyes cristianos quisieron saber el origen de aquel terremoto, el silencio de los más ancianos fue lo único que encontraron. Sólo bajo amenaza de muerte, algunos de los más sabios llegaron a responder a los reyes con una fría y sarcástica sonrisa. Éstas fueron las únicas palabras que pudieron arrancarles: "Buscad, buscad en los archivos de la Madraza si de veras queréis saber la Verdad..."


Y, ¿quién sabe? Quizás aquella fuerza que sacudió Granada también fue real... e intentaremos comprobarlo en la próxima entrada. Porque esta historia sólo acaba de empezar.

Antigua fotografía de Puerta Elvira, arruinada en este terremoto, 
con su cruz y una de las puertas interiores, hoy desaparecidas. (foto)

Palacio de los Alijares o Alixares, en el fresco de la Batalla de la Higueruela 
en la Sala de las Batallas de El Escorial. (foto)


domingo, 27 de marzo de 2016

El Pozo Airón

Entre las dos grandes calles históricas de Granada, la de época musulmana: Calle Elvira, y la que es el símbolo de la ciudad burguesa: Gran Vía, hay una pequeña callejuela que va a dar a una plaza sin salida. Esta plaza está en la trasera de la famosa Casa Cuna, que a su vez se encontraba en su día enfrente de las Casas de la Inquisición; otro lugar cercano que cabe la pena recordar es la Casa de las Tumbas, donde se encuentra un antiguo baño árabe prácticamente desconocido para la mayoría de los granadinos.

Pues bien, tenemos que en esa pequeña plaza, totalmente oculta a los transeúntes que van de Gran Vía a Elvira, existe un pequeño brocal de pozo cegado, ese pozo que apenas se adivina entre el suelo de la plaza es uno de los más antiguos orificios por los que las entrañas de la tierra daban a los primeros pobladores de esta tierra una idea de lo terrible e ignoto que era para ellos el mundo que existía bajo sus pies. El pozo del que hablamos no es un pozo cualquiera, por las fuentes escritas y las historias que más adelante os contaremos podemos darle a ese pozo un nombre, el de pozo Airón. Airón, como el dios de los pueblos prerromanos encargado de custodiar las aguas subterráneas y el inframundo.

Hasta aquí esta pequeña introducción, quedaos con este sitio y el nombre de ese pozo, porque pronto los amarillentos documentos que hemos podido consultar nos habrán de contar las maravillas pero también las funestas crueldades que en torno a esa plaza se han dado cita, y lo más sombrío de todo: los silencios, los ubicuos y lacerantes silencios con que nos vemos siempre obligados a cerrar la mayoría de nuestras indagaciones.