¿Sabíais que la mágica Granada tiene su particular "Puerta de Moria" en la antigua abadía del Sacromonte? Aquí la tenéis de día, desprovista de todo el musgo que la protegía hace unos años. Cuentan que en las noches en las que coincide la luna llena con el solsticio de invierno brilla con más fuerza que la plata más pura.
“Se retrata el barrio predilecto / de los amigos de las Musas / el Albaicin famoso / congregados estos por Afán de Ribera / en su huerto de las Tres Estrellas”
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viernes, 15 de febrero de 2019
jueves, 2 de noviembre de 2017
Un pintor japonés en la Alpujarra: Shu Ichimura
En lo más alto del barranco de Poqueira un pintor japonés quedó tan cautivado por la belleza de la Alpujarra que decidió dedicar el resto de sus días a retratar el espíritu de Sierra Nevada. Shu Ichimura murió en 2004, pero dejó un legado que fusionaba la fina y delicada pintura de tradición japonesa con las formas y los tonos de Dalí y la atmósfera mágica de Granada. En el Mesón Poqueira de Capileira, donde se alojó en su nueva tierra de adopción, mantienen una buena parte de su obra, y queremos adjuntaros algunos de sus cuadros:
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viernes, 17 de marzo de 2017
domingo, 12 de marzo de 2017
La Casa de los Mascarones
Las cabezas monstruosas que colgaban de la fachada debían servir de aviso para todo aquel que se aproximara: eran los guardianes de un paraíso cerrado para muchos; de un jardín abierto a pocos.
Titanes que sujetan la bóveda celeste sobre sus hombros. El sueño de un místico que quiso vivir en el Edén del Profeta cuando ya se había apagado el canto del último almuédano de Granada y discutir sobre Teología y Filosofía como un Epicuro sin las rigideces que imponen la negra sotana que viste. Quiso transcribir en la piedra los versos que escribió sobre los amores de Adonis y Venus.
Titanes que sujetan la bóveda celeste sobre sus hombros. El sueño de un místico que quiso vivir en el Edén del Profeta cuando ya se había apagado el canto del último almuédano de Granada y discutir sobre Teología y Filosofía como un Epicuro sin las rigideces que imponen la negra sotana que viste. Quiso transcribir en la piedra los versos que escribió sobre los amores de Adonis y Venus.
lunes, 6 de marzo de 2017
El dios Airón (II)
Un desfile de sombras recortadas por el fuego se retorcían, de uno a otro lado, al son de cítaras, aulos y gemidos cada vez más intensos. En aquel salón, levantado según unos orientales les habían indicado, danzaban y bebían llenos de regocijo los elegidos por la Triple Diosa en la más profunda intimidad. Estaban de celebración. Tres nuevas jóvenes habían sido aceptadas por Deméter, la Dea Mater, que presidía la sala en forma humana ataviada con el largo vestido de los íberos, tocado desde lo alto de la cabeza a los pies con gran colorido, plagado de collares de oro repletos de medallones, recordando a aquella Madre que preside el altar más sagrado de Éfeso. Con ojos terribles y mirada hierática ella sonreía mientras se tambaleaban sus adoradores con movimientos cada vez más violentos. Pronto afloraría la naturaleza más salvaje y fiera del hombre. Al son del fuego aquella corte de ménades y sátiros empezaron a quebrar las ánforas de oriente, y los vasos comenzaban a volar sin apenas haber tocado el dulce vino tracio mezclado con aquella miel ática.
Artículo sobre el depósito de Calle Zacatín: http://ler.letras.up.pt/uploads/ficheiros/14357.pdf
De súbito, a un gesto de la sacerdotisa las antorchas se apagaron y aquella noche de luna nueva sumió al séquito de bacantes en la más profunda oscuridad. Una lucerna se iluminó al fondo del patio, y titileante se dirigió hacia la boca del túnel que se abría en su extremo. Los manes de terracota parecieron girar sus ojos, y sólo protegidos con pieles de leopardo aquellos seres poseídos por daimones alzaron sus manos y portaron consigo las copas más preciadas. Descendieron a los pies del recinto sagrado hasta que una forma con apariencia de bestia les detuvo. Dos poderosos cuernos revelaban que era él, Término, Acheloo, el dios padre con forma humana, al que algunos griegos luego llamaron Gerión en Iberia. A sus pies había una grieta, y todos sabían lo que debían hacer. La vajilla ritual, traida de Eubea y Delfos, debía ser enterrada para sellar el lugar y aplacar al genio de Ilturir. Como relámpagos cayeron las copas al unísono, y la figura desapareció. Un temblor selló la brecha. El séquito, tras recuperar el aliento, volvió a recuperar el ánimo y el aedo, con un canto en la lengua de los iliberritanos, se adelantó para presidir la comitiva. Y así, cruzando el río sagrado que separaba la ciudad de los vivos y de los muertos, dirigió sus pasos hacia el bosque sagrado que lúgubre se levantaba frente a la ciudad de Ilíberis, la de ocres muros.
Justo a las puertas del nuevo milenio, en 1999, los arqueólogos hallaron en la calle Zacatín los restos mudos de aquel ritual sobrecogedor. Cerámicas áticas de barniz negro y figuras rojas, vidrios de lujo, entregados a una divinidad desconocida en una ceremonia olvidada. El sello había sido roto después de dos milenios, pero el espíritu que los recibió llevaba ya siglos despierto, en silencio, pese a que su cuidad haya mudado de nombre pero no de símbolo. La granada, como bien sabían los investigadores del equipo que envió la universidad, era uno de los atributos de Perséfone y Plutón, señor de los infiernos. La cara deforme y monstruosa que hallaron en una de aquellas copas era su atributo más arcaico, más primitivo y también el símbolo de aquella Ilíberis o Iliberri que hoy es Granada.
Artículo sobre el depósito de Calle Zacatín: http://ler.letras.up.pt/uploads/ficheiros/14357.pdf
Una de las copas halladas en el depósito de Calle Zacatín (p. 33 del artículo)
Una de las monedas de la ceca ibérica de Ilturir/Iliberis/Iliberri (Granada)
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viernes, 20 de mayo de 2016
La Puerta III
''Es
imposible pensar una puerta como nos mandas''. Esa fue la respuesta de
los sabios a la extraña demanda del hijo del rey; ''es imposible poner a
los hombres de acuerdo sobre la belleza ideal de cualquier cosa, o
sobre su fealdad, o sobre cualquier absoluto que se piense, Allah nos
creo perfectamente incapaces de llegar a un acuerdo sobre tales
extremos.'' Los sabios se retiraron, no
era la primera vez que tales exigencias se hacían, y no era tampoco la
primera vez que la obvia respuesta debía de ser convocada frente a lo
ingenuo del deseo de los poderosos.
Todos salieron menos uno, un anciano eremita que vivía en los lejanos valles que forman las montañas de la Sierra. Cuando el último de los sabios hubo salido de la habitación el viejo se acercó al príncipe y le dijo: ''yo sé de tu enfermedad príncipe, yo sé de tu deseo y sé de la causa de tu búsqueda, sé de la magia que te maldice y de quien la invoca contra ti, has de saber que la puerta que deseas ya fue construida hace muchos siglos y aquí tienes la llave que abre su cerradura.''
Tras pronunciar estas palabras y entregar la llave el sabio se marchó, dejando al príncipe a solas con sus pensamientos. Por primera vez era consciente de lo extraño de su manía con las puertas, fue corriendo a su diván y sacó los bocetos y los dibujos que había hecho durante este tiempo, eran miles los que tenia. Una vez que se le hubo pasado la agitación se miró la mano y pensó: ''esta mano es la llave de una puerta impensable, y nunca abrirá con un trazo de tinta la entrada que tanto ansío'', pero en cambio esta...El príncipe miró la llave y sonrió para sus adentros, ''estoy poseído por una extraña magia, y lo importante no es la puerta ni nunca lo ha sido, lo importante es lo que hay detrás de esa puerta, algo que existe de verdad y que me ha elegido a mí para que lo encuentre y lo libere, y esta misma noche empezaré mi búsqueda.''
Todos salieron menos uno, un anciano eremita que vivía en los lejanos valles que forman las montañas de la Sierra. Cuando el último de los sabios hubo salido de la habitación el viejo se acercó al príncipe y le dijo: ''yo sé de tu enfermedad príncipe, yo sé de tu deseo y sé de la causa de tu búsqueda, sé de la magia que te maldice y de quien la invoca contra ti, has de saber que la puerta que deseas ya fue construida hace muchos siglos y aquí tienes la llave que abre su cerradura.''
Tras pronunciar estas palabras y entregar la llave el sabio se marchó, dejando al príncipe a solas con sus pensamientos. Por primera vez era consciente de lo extraño de su manía con las puertas, fue corriendo a su diván y sacó los bocetos y los dibujos que había hecho durante este tiempo, eran miles los que tenia. Una vez que se le hubo pasado la agitación se miró la mano y pensó: ''esta mano es la llave de una puerta impensable, y nunca abrirá con un trazo de tinta la entrada que tanto ansío'', pero en cambio esta...El príncipe miró la llave y sonrió para sus adentros, ''estoy poseído por una extraña magia, y lo importante no es la puerta ni nunca lo ha sido, lo importante es lo que hay detrás de esa puerta, algo que existe de verdad y que me ha elegido a mí para que lo encuentre y lo libere, y esta misma noche empezaré mi búsqueda.''
La Puerta II
''Los sabios se encerraron en sus bibliotecas para pensar que respuesta darían a la extraña petición del príncipe, sin saber que en una pequeña alquería cercana a la ciudad, en lo que hoy es el Pago de Aynadamar en la zona de Cartuja, un anciano eremita que había bajado a Granada hace poco desde algún pueblo de la Sierra, ya tenía la respuesta...'' [...]
La Puerta I
El príncipe se pasaba todo el día dibujando puertas, le gustaba imitar lo que había visto hacer a los alarifes por las murallas de toda la ciudad mientras enseñaban las formas y medidas de estas a los peones y maestros de obra que estaban encargados de fortalecer la medina con nuevos tramos de muralla, y de restaurar aquellos otros que por falta de mantenimiento mostraban desprendimientos y grietas.
Era una autentica obsesión la del hijo del rey por aquellas: de ángulos rectos, con decoraciones, acompañadas por vides que subían siguiendo el alfiz del arco y dejaban caer sus pámpanos por el dintel como si fuera un hermoso pelo ensortijado. También las dibujaba redondas y por supuesto imitaba aquellas que veía en la Alhambra y en otros palacios, a algunas les daba una puerta de madera y a otras rejas de hierro, a unas pocas en cambio las dejaba sin ningún tipo de cierre, pintándolas oscuras totalmente, como si la habitación a la que daban paso fuera un espacio sin ventanas o las profundidades de una cueva.
A tanto llego la manía del príncipe que en cuanto tuvo la posibilidad
de gobernar en nombre de su padre, que en ese momento se encontraba
haciendo la guerra como vasallo del rey de Castilla, mandó convocar a
todos los sabios y alarifes de Granada para que unos pensaran la puerta
más hermosa del mundo y otros la construyeran en algún lugar todavía por
decidir de la ciudad. [...]
Imagen: Arco en ruinas. José Larrocha (dibujante), cerca de 1900
Imagen: Arco en ruinas. José Larrocha (dibujante), cerca de 1900
martes, 10 de mayo de 2016
viernes, 6 de mayo de 2016
Castillo de la Calahorra
Y cuervos, y murciélagos, y mazmorras, tumbas, grandes salones vacíos, muros gruesos y el recuerdo de los antiguos nobles guerreros que lo habitaron. Y que lo habitan, porque su sombra se extiende por todo el llano, y más allá, por la Sierra y los bosques que en ella hay; y en los bosques, en la Sierra y en el llano hay noches frías, y en las noches frías hay hogueras, y alrededor de las hogueras se cuentan historias sobre el castillo, del castillo y de sus habitantes: aquellos que no vivieron en el, pero que nunca se han ido.
De Garcilaso, Granada y Colón
Hoy
veintitrés de abril de 2016 se celebra el día del libro, hoy hace
cuatrocientos años de la muerte en Madrid de Miguel Cervantes (realmente
murió tal día como el de ayer, un veintidós de abril), de William
Shakespeare en Stratford (un tres de mayo en nuestro calendario
gregoriano) y el menos nombrado Inca Garcilaso de la Vega en Córdoba
(este sí más probable un 23 de abril de
1616) del que recuerdo alguna de sus crónicas contenidas en Comentarios
Reales de los Incas sobre cómo se descubrió el Nuevo Mundo.
Hace una semana paseaba por los alrededores de la ermita de San Sebastián de Granada, uno de los mas claros ejemplos de morabito de época almohade de la Península ibérica y lugar en el que tradicionalmente se considera que fue el escenario en el que Boabdil “El Rey Chico” entregaba las llaves de la ciudad de Granada a Fernando II de Aragón “El Católico”, una escena que muchos tendréis pintada al óleo en vuestra memoria por el cuadro de Francisco Pradilla. Poco después, a la sombra de un gran álamo de la extensa ribera del río Genil se ofició la primera misa de la nueva era católica. Era un viernes dos de enero de 1492 y hacía un par de semanas que había llegado al campamento de Santa Fe un genovés de enigmático pasado, trágica historia y aspiraciones truncadas a la espera de una promesa que se materializó un diecisiete de abril. Con las Capitulaciones consiguió los títulos de Almirante y Virrey […] " de lo que ha descubierto en las mares oçéanas y del viage que agora, con el ayuda de Dios, ha de fazer por ellas en servicio de vuestras altezas" […].
Pero volviendo al día que nos ocupa, y haciendo mención al cuarto centenario de la muerte de uno de los celebrados hoy, el Inca Garcilaso de la Vega escribía en el capítulo III de sus Comentarios Reales de los Incas:
“A Castilla y a León,
Nuevo Mundo dio Colón”
En el mismo capítulo da nombre y lugar al rumor que empezó a correr entre los marineros al poco de volver Colón de su primer viaje a las Indias: Alonso Sánchez de la villa de Huelva, el piloto desconocido.
Ya era famoso el llamado piloto anónimo, era una de esas historias con olor a salitre que se cuentan los marineros en las largas jornadas en alta mar, en los fugaces encuentros en los muelles de carga o en las interminables esperas en las cantinas portuarias y que finalmente acababan aposentándose en las villas marineras de uno y otro lado del Atlántico. Garcilaso fue uno más de los que desde niño, allá en el Perú, oía estos comentarios de taberna que llevaban hacía mas de cien años, antes de los pleitos colombinos, corriendo de boca en boca por los puertos del Viejo y el Nuevo Mundo. Gonzalo Fernández de Oviedo, Fray Bartolomé de las Casas, López de Gomara, José de Acosta… cada uno aportaba un dato nuevo sobre el piloto anónimo pero fue el Inca Garcilaso el que nos contó la historia de Alonso Sánchez de Huelva, un comerciante que con su nao hacía el comercio triangular entre las Canarias, Madeira y el continente, que un día de 1484 un temporal lo arrastró a él y su tripulación durante veintinueve días hasta tierras desconocidas. Tras hacer las reparaciones pertinentes y reponer suministros embarcaron de nuevo con la intención de regresar de la misma forma que llegaron, sin conocimiento. Así la vuelta les llevó mas tiempo del que esperaban, faltándoles provisiones y haciendo mella en ellos enfermedades de alta mar como el escorbuto. Según Garcilaso, de los diecisiete hombres que partieron de España sólo cinco llegaron a la isla de Terceira, dónde sitúa en ese momento al futuro Almirante de la Mar Océana Cristóbal Colón. Otros lo sitúan en esos años en la isla de Porto Santo en Madeira dónde vivía con su esposa Felipa Moniz, hija del gobernador de la mencionada isla. Otros por contra, lo ubican en la isla canaria de La Gomera tradición que nos ha llegado a través de un bonito romance de siglo XVI que confirman, aún más, las habladurías que recalaban en cada puerto.
Sea como fuere el maltrecho Alonso relató los avatares de su periplo a Cristóbal Colón, a qué latitud fue, a que latitud regresó, los vientos que lo hicieron posible y el tiempo que empleó. Poco después el marino muy mermado por los meses de escasez fue devorado por la enfermedad y murió. Durante los siguientes ocho o nueve años, Colón releyó a los clásicos y recabó nuevos datos náuticos llegando a la conclusión de que la tierra descrita por el marinero extraviado que un día arribó a las costas de su pequeña isla atlántica, no era otra que la isla de Cipango mencionada por Marco Polo y defendida por Toscanelli, allá en el extremo de las Indias Orientales. Con dicha convicción buscó una fortuna que le financiara su certero viaje hacia las Indias. Tras varios y conocidos fracasos finalmente la reina Isabel I de Castilla “la Católica” lo emplazó para después de la guerra de Granada, hecho consumado un dos de enero de 1492 y rubricado un diecisiete de abril con el encabezamiento "de lo que ha descubierto"… Y el resto ya es historia conocida por todos.
En los jardines del Generalife queda una placa escondida entre hiedras y glicinias recordando al Inca Garcilaso (foto original)
Hace una semana paseaba por los alrededores de la ermita de San Sebastián de Granada, uno de los mas claros ejemplos de morabito de época almohade de la Península ibérica y lugar en el que tradicionalmente se considera que fue el escenario en el que Boabdil “El Rey Chico” entregaba las llaves de la ciudad de Granada a Fernando II de Aragón “El Católico”, una escena que muchos tendréis pintada al óleo en vuestra memoria por el cuadro de Francisco Pradilla. Poco después, a la sombra de un gran álamo de la extensa ribera del río Genil se ofició la primera misa de la nueva era católica. Era un viernes dos de enero de 1492 y hacía un par de semanas que había llegado al campamento de Santa Fe un genovés de enigmático pasado, trágica historia y aspiraciones truncadas a la espera de una promesa que se materializó un diecisiete de abril. Con las Capitulaciones consiguió los títulos de Almirante y Virrey […] " de lo que ha descubierto en las mares oçéanas y del viage que agora, con el ayuda de Dios, ha de fazer por ellas en servicio de vuestras altezas" […].
Pero volviendo al día que nos ocupa, y haciendo mención al cuarto centenario de la muerte de uno de los celebrados hoy, el Inca Garcilaso de la Vega escribía en el capítulo III de sus Comentarios Reales de los Incas:
“A Castilla y a León,
Nuevo Mundo dio Colón”
En el mismo capítulo da nombre y lugar al rumor que empezó a correr entre los marineros al poco de volver Colón de su primer viaje a las Indias: Alonso Sánchez de la villa de Huelva, el piloto desconocido.
Ya era famoso el llamado piloto anónimo, era una de esas historias con olor a salitre que se cuentan los marineros en las largas jornadas en alta mar, en los fugaces encuentros en los muelles de carga o en las interminables esperas en las cantinas portuarias y que finalmente acababan aposentándose en las villas marineras de uno y otro lado del Atlántico. Garcilaso fue uno más de los que desde niño, allá en el Perú, oía estos comentarios de taberna que llevaban hacía mas de cien años, antes de los pleitos colombinos, corriendo de boca en boca por los puertos del Viejo y el Nuevo Mundo. Gonzalo Fernández de Oviedo, Fray Bartolomé de las Casas, López de Gomara, José de Acosta… cada uno aportaba un dato nuevo sobre el piloto anónimo pero fue el Inca Garcilaso el que nos contó la historia de Alonso Sánchez de Huelva, un comerciante que con su nao hacía el comercio triangular entre las Canarias, Madeira y el continente, que un día de 1484 un temporal lo arrastró a él y su tripulación durante veintinueve días hasta tierras desconocidas. Tras hacer las reparaciones pertinentes y reponer suministros embarcaron de nuevo con la intención de regresar de la misma forma que llegaron, sin conocimiento. Así la vuelta les llevó mas tiempo del que esperaban, faltándoles provisiones y haciendo mella en ellos enfermedades de alta mar como el escorbuto. Según Garcilaso, de los diecisiete hombres que partieron de España sólo cinco llegaron a la isla de Terceira, dónde sitúa en ese momento al futuro Almirante de la Mar Océana Cristóbal Colón. Otros lo sitúan en esos años en la isla de Porto Santo en Madeira dónde vivía con su esposa Felipa Moniz, hija del gobernador de la mencionada isla. Otros por contra, lo ubican en la isla canaria de La Gomera tradición que nos ha llegado a través de un bonito romance de siglo XVI que confirman, aún más, las habladurías que recalaban en cada puerto.
Sea como fuere el maltrecho Alonso relató los avatares de su periplo a Cristóbal Colón, a qué latitud fue, a que latitud regresó, los vientos que lo hicieron posible y el tiempo que empleó. Poco después el marino muy mermado por los meses de escasez fue devorado por la enfermedad y murió. Durante los siguientes ocho o nueve años, Colón releyó a los clásicos y recabó nuevos datos náuticos llegando a la conclusión de que la tierra descrita por el marinero extraviado que un día arribó a las costas de su pequeña isla atlántica, no era otra que la isla de Cipango mencionada por Marco Polo y defendida por Toscanelli, allá en el extremo de las Indias Orientales. Con dicha convicción buscó una fortuna que le financiara su certero viaje hacia las Indias. Tras varios y conocidos fracasos finalmente la reina Isabel I de Castilla “la Católica” lo emplazó para después de la guerra de Granada, hecho consumado un dos de enero de 1492 y rubricado un diecisiete de abril con el encabezamiento "de lo que ha descubierto"… Y el resto ya es historia conocida por todos.
En los jardines del Generalife queda una placa escondida entre hiedras y glicinias recordando al Inca Garcilaso (foto original)
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Panderete de las Brujas
''La figura de la cumbre justificaba el nombre de la colina: era enteramente redonda y perfectamente plana, como la superficie de un
pandero; en cuanto á su calificacion de Panderete de las brujas la
justificaba el ser pública voz y fama que en aquel lugar se reunían
todos los sábados á celebrar sus conventículos las brujas residentes en
diez leguas á la redonda. En medio de la cumbre había un casuco arruinado y desvencijado, en donde según fama, los demonios levantaban su trono
á Lucifer, siempre que se celebraba una de aquellas negras, misteriosas
y reprobadas festividades, en cuyo trono se sentaba el espíritu de las
tinieblas, disfrazado bajo la forma de un macho cabrío.'' (Los Monfíes de las Alpujarras, de Don Manuel Fernandez y Gonzalez)
Volvemos por un momento al Panderete, si es posible hablar así de un
motivo que nunca se ha ido, y que difícil es que lo haga puesto que
mientras que escribo estas palabras lo estoy divisando a lo lejos, tan
seco y estéril como de costumbre.
De este extracto de la novela se tiene que en la época en que se escribió debía haber en el lugar una casa ya en ruina por aquel entonces. O quizás no, se trata solo de una novela, pero lo cierto es que justo al lado del Cerro hay un ''casuco'', ''arruinado y desvencijado''; no iremos tan lejos como al afirmar que allí, en esa casa, levantan los demonios un trono a Lucifer, o quizás si, y ya sea hora de enfrentar de una vez con lo que sea que ha dado pábulo a la leyenda. Pronto habréis de saber más.
De este extracto de la novela se tiene que en la época en que se escribió debía haber en el lugar una casa ya en ruina por aquel entonces. O quizás no, se trata solo de una novela, pero lo cierto es que justo al lado del Cerro hay un ''casuco'', ''arruinado y desvencijado''; no iremos tan lejos como al afirmar que allí, en esa casa, levantan los demonios un trono a Lucifer, o quizás si, y ya sea hora de enfrentar de una vez con lo que sea que ha dado pábulo a la leyenda. Pronto habréis de saber más.
Tormentas de primavera
Es tiempo de tormentas,
truenos y rayos. Fenómenos ante los que nuestros antepasados
enmudecían. Cuando les sorprendía la ira celeste, corrían a
resguardarse en la habitación más profunda del hogar, o al chozo
más cercano si eras pastor o labrador y te encontrabas desamparado
en mitad del campo. Era tanto su miedo, que los dioses más poderosos de la Antigüedad
siempre se relacionaron con la tormenta. En la Bastetania, el dios
Netón, señor del Trueno y de los Terremotos, tenía su trono en lo
que hoy es Sierra Mágina y era adorado y temido por íberos y romanos en la
antigua Acci (Guadix) junto a Isis. Y probablemente lo fueran también en algún lugar de la antigua Granada, pues conocemos la existencia de
extraños rituales en aquella Iliberri/Ilíberis, cuyas
ruinas reposan esquivas bajo el Albaicín, aunque de estos hallazgos os hablaremos
en próximas entradas.
Ante la violencia
desatada del cielo, aquellos pueblos ingeniaron diferentes formas
para combatir su amenaza. En la Antigüedad se elevaban
plegarias y sacrificios en altares dedicados al dios que, conocido por diferentes
nombres, los desataba (Júpiter, Netón, Airón). En la Edad
Media, los cristianos hacían sonar sus campanas de bronce para
ahuyentarlas – lo que en más de una ocasión provocaba la
fulminante caída de un rayo sobre ellas. Pero también se mantuvo desde los más
remotos tiempos un oficio del que ni cristianos, ni musulmanes ni
judíos pudieron prescindir, quizá por ser el más impresionante y
eficaz hasta el triunfo de la ciencia moderna.
Los "conjuradores" o
"encantadores de nubes y tormentas" se entremezclaron con las figuras
del sacerdote, imán o rabino. Herederos de una tradición ancestral, de
la que solo nos quedan vagas referencias, con sus conjuros hacían que las
tormentas desaparecieran o se alejaran de la población a la que debían proteger. Algunos
llegaron a alcanzar tal poder, que podían lograr que aquellas
nubes desarrollaran todo su potencial y lo descargaran en el lugar
que éstos les indicaran. Todavía hoy, bajo la sombra del Aneto y la
Maladeta en los Pirineos (fijaos el parecido de Aneto con Netón
-aunque su significado sea Ai-neto, “El pico más alto”, y
el nombre de su macizo rocoso, ya que Maladeta significa de “La
Montaña Maldita”), se conservan cerca de algunas iglesias unas
pequeñas construcciones cubiertas, llamados esconjuranderos,
comunidors o
reliquiers, que dominan una panorámica excelente de su entorno y
desde donde aquellos sacerdotes entonaban sus conjuros. Incluso se
han conservado en antiguos libros y refranes parte de su contenido:
En San Vicente de Labuerda gritaban "Boiretas en San Bizien y
Labuerda: no apedregaráz cuando lleguéz t’Araguás: ¡zi! ¡zas!".
En 1529, lejos de estar este oficio en decadencia, el inquisidor fray
Martín de Castañega criticaba en su "Tratado muy sutil y bien
fundado de las supersticiones y hechicerías y vanos conjuros" la
proliferación de conjuradores que “juegan con la nube como con una
pelota” y “procuran echar la nube fuera de su término y que
caiga en el de su vecino” (para más información sobre los
esconjuranderos pirenaicos,
http://www.tiempo.com/ram/2043/ahuyentando-tormentas/)
Si esto sucedía en el
norte cristiano medieval, del sur dominado por el Mulhacén tenemos
un testimonio mucho más cercano a Granada. En el siglo XIII un monje escribía
probablemente en Santo Domingo de Silos un poema en honor al conde
Fernán González. En él hemos encontrado una referencia, que hasta ahora había pasado desapercibida, de cómo también los moros en el sur mantenían este
extraño ritual ancestral. Nos dice aquel monje en boca del buen conde:
476 «Los moros, bien
sabedes, se guian por estrellas,
non se guian por Dios,
que se guian por ellas;
otro Criador nuevo
han fecho ellos d'ellas,
diz que por ellas veen
muchas de maravellas.
477 Ha y otros que
saben muchos encantamientos,
fazen muy malos gestos
con sus espiramientos,
de revolver las nuves
e revolver los vientos
muestra les el diablo
estos entendimientos.
(Poema de Fernán González, vv. 476-477)
A los ojos de aquel clérigo castellano lo que estos sabios realizaban era una simple práctica impía y pagana a despreciar. Algo que en realidad revela el temor de aquellas gentes, cristianas o musulmanas, sobre sus sobrecogedores efectos y la ignorancia sobre su misterioso significado y origen. Sin duda, no es más que el fiel
reflejo de cómo perduraron en aquella Espanna, Sefarad, Al-Ándalus
medieval, las creencias populares de los tiempos antiguos.
Es fácil imaginarnos
cómo desde el blanco Albaicín, la roja Alhambra o el pardo Mauror
coronado por las Bermejas, desde alguna pequeña torre que dominaba toda
la Sierra Nevada del Sulayr, algún esconjurandero desplegaba todo su
formidable poder en días como éste.
domingo, 27 de marzo de 2016
El Pozo Airón I
''¡Con qué lentitud circulan y se propagan en España las noticias y verdades útiles! En el año de 1778 el Ayuntamiento de esta cuidad había despreciado los clamores de algunos vecinos sobre que se abriese el Pozo-Airón para contener los terremotos, fundados en la opinión de haberlo construido los moros para este fin.''
Expediente sobre la excavación del Pozo-Airón con motivo de los
terremotos del año de 1789.
Excavado por los moros, pero nosotros sabemos ya que el nombre de Airón nos lleva a épocas anteriores. Para evitar terremotos, pero ya se encargaron las cabezas de los granadinos ilustrados de la época en considerar tal hecho como una superchería más de las que pululaban con inusitado vigor en los albores del tiempo de la Razón y la Ciencia.
La cuestión es que el pozo existe, cegado gracias a una de esas escasas ocasiones en las cuales la Razón consigue imponerse, en una época convulsa, a las prescripciones del pensamiento fantástico. Cegado sí, pero visible a todos los que han leído las contadas ocasiones en las cuales nuestro pozo aparece en las fuentes escritas, y aún más que visible, endiabladamente locuaz cuando son las otras fuentes, las que un día como el pozo Airón fueron cegadas por una Razón en abierta ofensiva contra el mundo mágico, sobre cuyas páginas se han posado los ojos del investigador terrible.
Esas otras fuentes escritas serán a partir de ahora las que nos guíen en el conocimiento de las causas y extraños sucesos que tienen al pozo por objeto. Allí, como decíamos, en esos malditos papeles de los que somos por azar custodios y esclavos, el pozo nos habla con soltura a través de su brocal cegado de una persistente manía de lo malvado por tomar esa profundidad como punto de reunión. Bajemos pues a los sótanos de Granada para conocer a sus habitantes.
Fotografías: Calle Postigo de la Cuna, la cual da acceso a la plazuela donde se encuentra el pozo // Edificios que rodean la plaza.
El Pozo Airón
Entre las dos grandes calles históricas de Granada, la de época musulmana: Calle Elvira, y la que es el símbolo de la ciudad burguesa: Gran Vía, hay una pequeña callejuela que va a dar a una plaza sin salida. Esta plaza está en la trasera de la famosa Casa Cuna, que a su vez se encontraba en su día enfrente de las Casas de la Inquisición; otro lugar cercano que cabe la pena recordar es la Casa de las Tumbas, donde se encuentra un antiguo baño árabe prácticamente desconocido para la mayoría de los granadinos.
Pues bien, tenemos que en esa pequeña plaza, totalmente oculta a los transeúntes que van de Gran Vía a Elvira, existe un pequeño brocal de pozo cegado, ese pozo que apenas se adivina entre el suelo de la plaza es uno de los más antiguos orificios por los que las entrañas de la tierra daban a los primeros pobladores de esta tierra una idea de lo terrible e ignoto que era para ellos el mundo que existía bajo sus pies. El pozo del que hablamos no es un pozo cualquiera, por las fuentes escritas y las historias que más adelante os contaremos podemos darle a ese pozo un nombre, el de pozo Airón. Airón, como el dios de los pueblos prerromanos encargado de custodiar las aguas subterráneas y el inframundo.
Hasta aquí esta pequeña introducción, quedaos con este sitio y el nombre de ese pozo, porque pronto los amarillentos documentos que hemos podido consultar nos habrán de contar las maravillas pero también las funestas crueldades que en torno a esa plaza se han dado cita, y lo más sombrío de todo: los silencios, los ubicuos y lacerantes silencios con que nos vemos siempre obligados a cerrar la mayoría de nuestras indagaciones.
El Viento de la Sierra II
¡Tambores rudos y graves cuernos! Y viento, siempre el viento, a veces gemido y otras rugiendo mientras subía por la Laguna de la Mosca hasta la atalaya de piedra y laja donde me encontraba.
Y siempre después del poderoso soplido la temida calma, y aquellos sonidos, cada vez más potentes y más terribles: se oían cánticos y palabras timbradas por lenguas de fuego y exhaladas por pulmones encharcados. Cada vez mayores eran las pausas y más tiempo pasaba desde que el viento las hacia callar. Yo me desesperaba entonces, como si fuera la ventolera, la respiración del ser más querido que veía desvanecerse y perder fuelle.
En aquel instante debí de perder la cordura.
Recuerdo que al poco de notar como el viento comenzaba a amainar una pena abrumadora se apoderó de mi, y de aquel sufrimiento que debió traer esa marea infernal supongo que provendrán las historias propias de un enajenado que relate a los montañeros que me rescataron al día siguiente.
Según me han contado, puesto que no recuerdo ya nada, me encontraron brincando por las cercanías de la Laguna de la Mosca mientras simulaba ser una cabra, de las pocas frases coherentes de las que pudieron extraer algún sentido contaron los montañeros que no paraba de repetir y loar el nombre de Mahmmud, a Mahmmud el Macho Cabrío y rey de los vientos de la Sierra.
Por lo que he podido saber después, algunas leyendas de los pastores serranos hablan de ciertos días en los que se puede escuchar como el viento trae a las laderas donde están los rebaños sonidos de músicas antiguas, y que entonces es normal ver como las cabras enloquecen y algunas se escapan brincando a lo más profundo de la Sierra para no volver jamás.
Todavía hoy, cuando sopla el viento, puedo sentir algo de esa pena tan salvaje que se apoderó de mi aquel día, y mi mirada siempre me lleva a la montaña donde el Gran Mahmmud reúne a las cabras para bailar y cantar los bailes prohibidos de tiempos remotos.
El Viento de la Sierra I
Hay pocas cosas en la sierra: soledad, cabras, rocas y viento; y a veces nieve, pero aquella tarde de junio lo único que había era escarcha en las umbrías. En eso pensaba yo mientras subía solitario a la loma más cercana al refugio donde tenía pensado pasar la noche. Aullaba una ventolera de mil demonios, de esas que esperas que acompañe al sonido de las ramas crujiendo y de los toldos moviéndose, pero allí no había nada de aquello, por eso soplaba y soplaba el viento, intentando que algo le hiciera caso entre tanta aspereza. Nada.
Nada hasta el punto que pensé yo mismo con pena en lo triste que era ser viento en esta montaña tan orgullosa. Seguí allí unos minutos más, esperando a que el frío me entrara hasta los huesos para que el lúgubre refugio me pareciese mas acogedor, yo estaba concentrado únicamente en el viento, en lo maravillosa que era su tenacidad. Los minutos pasaban y cada vez más podía notar los matices sonoros de este: silbaba, rugía, se desgañitaba como una orquesta fantasmal en aquel anfiteatro natural de las montañas. Y seguía...
No se si fue la sugestión que tanta soledad alborotada causo en mi ánimo, acostumbrado como estaba a la soledad triste de la vida en la ciudad, pero al pasar de los minutos, ¿cuantos llevaba yo allí?, al pasar de los minutos digo, pude notar como entre las pausas que hacia aquel infierno acústico, otra música, aún mas terrible que la producida por el proceloso respirar de las cumbres, se podía advertir cada vez más clara: eran tambores, tambores rudos y graves cuernos que soplaban cuando se callaba por un momento el sonido del viento.
El Agua de Granada
A veces ocurre que el sonido del agua de las fuentes salta las tapias de los cármenes, y que la humedad de las acequias transgrede muy lejos por el llano, y que las lágrimas resbalan profundas por las mejillas hasta el pecho, y las nieves palidecen el horizonte mas allá de las montañas. A veces la humedad se mueve como si tuviera las patas de un gato y fuese capaz de escabullirse por los infinitos pozos y aljibes de la ciudad, llevada por arte de magia de un lado a otro. Las traviesas gotas del agua de Granada parecen moverse como si fueran la montura de un ser fantástico:
Foto: Carmen de la Victoria
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''Y como las hadas tienen un gusto exquisito, aconteció que muchas dejaron los jardines de Alejandría y las amenas riberas de la soberbia Stambul, para venir a fijarse en los valles granadinos y tomar posesión de sus pintorescos y bellísimos cármenes y fuentes...''
Leyenda de la Fuente Misteriosa, de Afán de Ribera.
Foto: Carmen de la Victoria
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martes, 22 de diciembre de 2015
¡Feliz Solsticio de Invierno!
"Artemisa", de George Owen Wynne Apperley, pintor afincado en Granada (1939).
Artemisa, o Diana, es diosa de la luna: hoy es la noche más larga y el día más corto del año.
Artemisa, o Diana, es diosa de la luna: hoy es la noche más larga y el día más corto del año.
domingo, 22 de noviembre de 2015
Empedrado Granadino en Cartuja
Antiguo empedrado en Cartuja. Motivos ganaderos y cinegéticos. (Fotos hechas con el móvil), la recomendación es que vayáis para verlos en persona.
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