Titanes que sujetan la bóveda celeste sobre sus hombros. El sueño de un místico que quiso vivir en el Edén del Profeta cuando ya se había apagado el canto del último almuédano de Granada y discutir sobre Teología y Filosofía como un Epicuro sin las rigideces que imponen la negra sotana que viste. Quiso transcribir en la piedra los versos que escribió sobre los amores de Adonis y Venus.
“Se retrata el barrio predilecto / de los amigos de las Musas / el Albaicin famoso / congregados estos por Afán de Ribera / en su huerto de las Tres Estrellas”
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domingo, 12 de marzo de 2017
La Casa de los Mascarones
Las cabezas monstruosas que colgaban de la fachada debían servir de aviso para todo aquel que se aproximara: eran los guardianes de un paraíso cerrado para muchos; de un jardín abierto a pocos.
Titanes que sujetan la bóveda celeste sobre sus hombros. El sueño de un místico que quiso vivir en el Edén del Profeta cuando ya se había apagado el canto del último almuédano de Granada y discutir sobre Teología y Filosofía como un Epicuro sin las rigideces que imponen la negra sotana que viste. Quiso transcribir en la piedra los versos que escribió sobre los amores de Adonis y Venus.
Titanes que sujetan la bóveda celeste sobre sus hombros. El sueño de un místico que quiso vivir en el Edén del Profeta cuando ya se había apagado el canto del último almuédano de Granada y discutir sobre Teología y Filosofía como un Epicuro sin las rigideces que imponen la negra sotana que viste. Quiso transcribir en la piedra los versos que escribió sobre los amores de Adonis y Venus.
lunes, 6 de marzo de 2017
El dios Airón (II)
Un desfile de sombras recortadas por el fuego se retorcían, de uno a otro lado, al son de cítaras, aulos y gemidos cada vez más intensos. En aquel salón, levantado según unos orientales les habían indicado, danzaban y bebían llenos de regocijo los elegidos por la Triple Diosa en la más profunda intimidad. Estaban de celebración. Tres nuevas jóvenes habían sido aceptadas por Deméter, la Dea Mater, que presidía la sala en forma humana ataviada con el largo vestido de los íberos, tocado desde lo alto de la cabeza a los pies con gran colorido, plagado de collares de oro repletos de medallones, recordando a aquella Madre que preside el altar más sagrado de Éfeso. Con ojos terribles y mirada hierática ella sonreía mientras se tambaleaban sus adoradores con movimientos cada vez más violentos. Pronto afloraría la naturaleza más salvaje y fiera del hombre. Al son del fuego aquella corte de ménades y sátiros empezaron a quebrar las ánforas de oriente, y los vasos comenzaban a volar sin apenas haber tocado el dulce vino tracio mezclado con aquella miel ática.
Artículo sobre el depósito de Calle Zacatín: http://ler.letras.up.pt/uploads/ficheiros/14357.pdf
De súbito, a un gesto de la sacerdotisa las antorchas se apagaron y aquella noche de luna nueva sumió al séquito de bacantes en la más profunda oscuridad. Una lucerna se iluminó al fondo del patio, y titileante se dirigió hacia la boca del túnel que se abría en su extremo. Los manes de terracota parecieron girar sus ojos, y sólo protegidos con pieles de leopardo aquellos seres poseídos por daimones alzaron sus manos y portaron consigo las copas más preciadas. Descendieron a los pies del recinto sagrado hasta que una forma con apariencia de bestia les detuvo. Dos poderosos cuernos revelaban que era él, Término, Acheloo, el dios padre con forma humana, al que algunos griegos luego llamaron Gerión en Iberia. A sus pies había una grieta, y todos sabían lo que debían hacer. La vajilla ritual, traida de Eubea y Delfos, debía ser enterrada para sellar el lugar y aplacar al genio de Ilturir. Como relámpagos cayeron las copas al unísono, y la figura desapareció. Un temblor selló la brecha. El séquito, tras recuperar el aliento, volvió a recuperar el ánimo y el aedo, con un canto en la lengua de los iliberritanos, se adelantó para presidir la comitiva. Y así, cruzando el río sagrado que separaba la ciudad de los vivos y de los muertos, dirigió sus pasos hacia el bosque sagrado que lúgubre se levantaba frente a la ciudad de Ilíberis, la de ocres muros.
Justo a las puertas del nuevo milenio, en 1999, los arqueólogos hallaron en la calle Zacatín los restos mudos de aquel ritual sobrecogedor. Cerámicas áticas de barniz negro y figuras rojas, vidrios de lujo, entregados a una divinidad desconocida en una ceremonia olvidada. El sello había sido roto después de dos milenios, pero el espíritu que los recibió llevaba ya siglos despierto, en silencio, pese a que su cuidad haya mudado de nombre pero no de símbolo. La granada, como bien sabían los investigadores del equipo que envió la universidad, era uno de los atributos de Perséfone y Plutón, señor de los infiernos. La cara deforme y monstruosa que hallaron en una de aquellas copas era su atributo más arcaico, más primitivo y también el símbolo de aquella Ilíberis o Iliberri que hoy es Granada.
Artículo sobre el depósito de Calle Zacatín: http://ler.letras.up.pt/uploads/ficheiros/14357.pdf
Una de las copas halladas en el depósito de Calle Zacatín (p. 33 del artículo)
Una de las monedas de la ceca ibérica de Ilturir/Iliberis/Iliberri (Granada)
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martes, 21 de febrero de 2017
El dios Airón (I)
El dios Airón (I)
Era julio de 1431, y nuestros soldados, derrotados, huían del desastre que acababa de sorprenderles. Lanzas rotas y adargas ensangrentadas regaban las acequias de la vega. Los caballos corrían sin jinete que los guiara y, en medio del caos, los caballeros infieles avanzaban sin resistencia alguna arrasando todo a su paso. ¿Qué habíamos hecho, oh Allah, para merecer esto? No sin grandes penas conseguimos refugiarnos tras las imponentes defensas de Puerta Elvira y Birrambla... Pero Granada ya no era un sitio seguro. Creíamos que podríamos descansar bajo las soberbias murallas que construyeron nuestros abuelos... ¡qué ingenuos habíamos sido! A medianoche supimos que el verdadero mal estaba dentro, y no fuera, de nuestros muros.
El rey de los cristianos, Juan II, lo tenía todo a su favor: la perla de Andalucía, indefensa, estaba al alcance de su mano. Pero aquella noche los centinelas prestaban más atención a la colina del Mauror que a la multitud de antorchas que iluminaban nuestra vega como un mar de estrellas. Nadie, fuera o dentro de Granada, pudo conciliar el sueño. Grandes destellos y fuertes llamaradas estallaban por detras de la Alhambra, iluminando las Torres Bermejas desde las profundidades de las mazmorras que perforaban sus cimientos. Y luego... luego algo comenzó a sacudir el suelo una y otra vez. “La tierra se estremecía con grandes vaivenes y subterráneos bramidos y truenos que en sus entrañas se oían, atemorizaba á los más valientes, y todos esperaban grandes cosas”, llegó a escribir Fernán Gómez de Ciudad Real, unas décadas después.
Allí, convocados por el emir de los creyentes, se había reunido el consejo de ulemas y alfaquíes, presididos por un extraño sufí al que el pueblo respetaba y por cuya oscura fama el rey había desterrado a los yermos de Guadix y Baza... La situación era desesperada, ¡después de 700 años, los últimos musulmanes resistían en Granada sin más esperanzas que las de un ritual en la sombra, en el maldito Mauror!
Al amanecer la magia del morabito no se hizo esperar más. Los pilares de la Granada milenaria se quebraron. Con una violencia procedente de lo más profundo del infierno se hundieron las casas, se arruinaron las defensas y algunas de las más altas torres desaparecieron bajo una espesa nube que cubrió Granada como un espejismo.
Mohammed IX había conseguido salvar la ciudad, aunque a un alto precio. “En este tiempo tembló la tierra en el real del Rey, y en Granada se cayó parte del Alhambra;... fue tan grande este temblor y tantas veces que no había memoria de gentes que uviesen visto otra cosa semejante”, recordaba el soldado Alonso Barrantes Maldonado. Y fue tal su violencia que los cristianos huyeron despavoridos con tal pánico que ni siquiera se fijaron en que la ciudad que dejaban a sus espaldas estaba completamente a su merced. ¿Qué horror habían despertado aquellos magos cubiertos con turbantes?
Las murallas habían quedado arruinadas con brechas por doquier, las mezquitas habían perdido sus alminares y no podíamos rezar a Allah, mas... ¿acaso él había venido a socorrernos? ¡No! ¡Él no fue quién nos salvó del desastre, sino una fuerza largo tiempo olvidada! Incluso el hermoso palacio de cúpulas de lapislázuli que Muhammad V ordenó levantar en los Alixares había sido arrasado, quedando sus maravillas perdidas para siempre.
El daño fue tal que cuando los Reyes Católicos conquistaron la ciudad, aún ésta mostraba las heridas sin cicatrizar de aquel conjuro. Unas heridas que sin embargo habían conseguido mantener Granada bajo el poder de los musulmanes medio siglo más... Y para entonces, cuando los reyes cristianos quisieron saber el origen de aquel terremoto, el silencio de los más ancianos fue lo único que encontraron. Sólo bajo amenaza de muerte, algunos de los más sabios llegaron a responder a los reyes con una fría y sarcástica sonrisa. Éstas fueron las únicas palabras que pudieron arrancarles: "Buscad, buscad en los archivos de la Madraza si de veras queréis saber la Verdad..."
Era julio de 1431, y nuestros soldados, derrotados, huían del desastre que acababa de sorprenderles. Lanzas rotas y adargas ensangrentadas regaban las acequias de la vega. Los caballos corrían sin jinete que los guiara y, en medio del caos, los caballeros infieles avanzaban sin resistencia alguna arrasando todo a su paso. ¿Qué habíamos hecho, oh Allah, para merecer esto? No sin grandes penas conseguimos refugiarnos tras las imponentes defensas de Puerta Elvira y Birrambla... Pero Granada ya no era un sitio seguro. Creíamos que podríamos descansar bajo las soberbias murallas que construyeron nuestros abuelos... ¡qué ingenuos habíamos sido! A medianoche supimos que el verdadero mal estaba dentro, y no fuera, de nuestros muros.
El rey de los cristianos, Juan II, lo tenía todo a su favor: la perla de Andalucía, indefensa, estaba al alcance de su mano. Pero aquella noche los centinelas prestaban más atención a la colina del Mauror que a la multitud de antorchas que iluminaban nuestra vega como un mar de estrellas. Nadie, fuera o dentro de Granada, pudo conciliar el sueño. Grandes destellos y fuertes llamaradas estallaban por detras de la Alhambra, iluminando las Torres Bermejas desde las profundidades de las mazmorras que perforaban sus cimientos. Y luego... luego algo comenzó a sacudir el suelo una y otra vez. “La tierra se estremecía con grandes vaivenes y subterráneos bramidos y truenos que en sus entrañas se oían, atemorizaba á los más valientes, y todos esperaban grandes cosas”, llegó a escribir Fernán Gómez de Ciudad Real, unas décadas después.
Allí, convocados por el emir de los creyentes, se había reunido el consejo de ulemas y alfaquíes, presididos por un extraño sufí al que el pueblo respetaba y por cuya oscura fama el rey había desterrado a los yermos de Guadix y Baza... La situación era desesperada, ¡después de 700 años, los últimos musulmanes resistían en Granada sin más esperanzas que las de un ritual en la sombra, en el maldito Mauror!
Al amanecer la magia del morabito no se hizo esperar más. Los pilares de la Granada milenaria se quebraron. Con una violencia procedente de lo más profundo del infierno se hundieron las casas, se arruinaron las defensas y algunas de las más altas torres desaparecieron bajo una espesa nube que cubrió Granada como un espejismo.
Mohammed IX había conseguido salvar la ciudad, aunque a un alto precio. “En este tiempo tembló la tierra en el real del Rey, y en Granada se cayó parte del Alhambra;... fue tan grande este temblor y tantas veces que no había memoria de gentes que uviesen visto otra cosa semejante”, recordaba el soldado Alonso Barrantes Maldonado. Y fue tal su violencia que los cristianos huyeron despavoridos con tal pánico que ni siquiera se fijaron en que la ciudad que dejaban a sus espaldas estaba completamente a su merced. ¿Qué horror habían despertado aquellos magos cubiertos con turbantes?
Las murallas habían quedado arruinadas con brechas por doquier, las mezquitas habían perdido sus alminares y no podíamos rezar a Allah, mas... ¿acaso él había venido a socorrernos? ¡No! ¡Él no fue quién nos salvó del desastre, sino una fuerza largo tiempo olvidada! Incluso el hermoso palacio de cúpulas de lapislázuli que Muhammad V ordenó levantar en los Alixares había sido arrasado, quedando sus maravillas perdidas para siempre.
El daño fue tal que cuando los Reyes Católicos conquistaron la ciudad, aún ésta mostraba las heridas sin cicatrizar de aquel conjuro. Unas heridas que sin embargo habían conseguido mantener Granada bajo el poder de los musulmanes medio siglo más... Y para entonces, cuando los reyes cristianos quisieron saber el origen de aquel terremoto, el silencio de los más ancianos fue lo único que encontraron. Sólo bajo amenaza de muerte, algunos de los más sabios llegaron a responder a los reyes con una fría y sarcástica sonrisa. Éstas fueron las únicas palabras que pudieron arrancarles: "Buscad, buscad en los archivos de la Madraza si de veras queréis saber la Verdad..."
Las citas son reales, e
incluso hay más:
http://iagpds.ugr.es/pages/informacion_divulgacion/terremotos_julio_1431
Y, ¿quién sabe? Quizás aquella fuerza que sacudió Granada también fue
real... e intentaremos comprobarlo en la próxima entrada. Porque esta
historia sólo acaba de empezar.
Antigua fotografía de Puerta Elvira, arruinada en este terremoto,
con su cruz y una de las puertas interiores, hoy desaparecidas. (foto)
Palacio de los Alijares o Alixares, en el fresco de la Batalla de la Higueruela
en la Sala de las Batallas de El Escorial. (foto)
viernes, 6 de mayo de 2016
De Garcilaso, Granada y Colón
Hoy
veintitrés de abril de 2016 se celebra el día del libro, hoy hace
cuatrocientos años de la muerte en Madrid de Miguel Cervantes (realmente
murió tal día como el de ayer, un veintidós de abril), de William
Shakespeare en Stratford (un tres de mayo en nuestro calendario
gregoriano) y el menos nombrado Inca Garcilaso de la Vega en Córdoba
(este sí más probable un 23 de abril de
1616) del que recuerdo alguna de sus crónicas contenidas en Comentarios
Reales de los Incas sobre cómo se descubrió el Nuevo Mundo.
Hace una semana paseaba por los alrededores de la ermita de San Sebastián de Granada, uno de los mas claros ejemplos de morabito de época almohade de la Península ibérica y lugar en el que tradicionalmente se considera que fue el escenario en el que Boabdil “El Rey Chico” entregaba las llaves de la ciudad de Granada a Fernando II de Aragón “El Católico”, una escena que muchos tendréis pintada al óleo en vuestra memoria por el cuadro de Francisco Pradilla. Poco después, a la sombra de un gran álamo de la extensa ribera del río Genil se ofició la primera misa de la nueva era católica. Era un viernes dos de enero de 1492 y hacía un par de semanas que había llegado al campamento de Santa Fe un genovés de enigmático pasado, trágica historia y aspiraciones truncadas a la espera de una promesa que se materializó un diecisiete de abril. Con las Capitulaciones consiguió los títulos de Almirante y Virrey […] " de lo que ha descubierto en las mares oçéanas y del viage que agora, con el ayuda de Dios, ha de fazer por ellas en servicio de vuestras altezas" […].
Pero volviendo al día que nos ocupa, y haciendo mención al cuarto centenario de la muerte de uno de los celebrados hoy, el Inca Garcilaso de la Vega escribía en el capítulo III de sus Comentarios Reales de los Incas:
“A Castilla y a León,
Nuevo Mundo dio Colón”
En el mismo capítulo da nombre y lugar al rumor que empezó a correr entre los marineros al poco de volver Colón de su primer viaje a las Indias: Alonso Sánchez de la villa de Huelva, el piloto desconocido.
Ya era famoso el llamado piloto anónimo, era una de esas historias con olor a salitre que se cuentan los marineros en las largas jornadas en alta mar, en los fugaces encuentros en los muelles de carga o en las interminables esperas en las cantinas portuarias y que finalmente acababan aposentándose en las villas marineras de uno y otro lado del Atlántico. Garcilaso fue uno más de los que desde niño, allá en el Perú, oía estos comentarios de taberna que llevaban hacía mas de cien años, antes de los pleitos colombinos, corriendo de boca en boca por los puertos del Viejo y el Nuevo Mundo. Gonzalo Fernández de Oviedo, Fray Bartolomé de las Casas, López de Gomara, José de Acosta… cada uno aportaba un dato nuevo sobre el piloto anónimo pero fue el Inca Garcilaso el que nos contó la historia de Alonso Sánchez de Huelva, un comerciante que con su nao hacía el comercio triangular entre las Canarias, Madeira y el continente, que un día de 1484 un temporal lo arrastró a él y su tripulación durante veintinueve días hasta tierras desconocidas. Tras hacer las reparaciones pertinentes y reponer suministros embarcaron de nuevo con la intención de regresar de la misma forma que llegaron, sin conocimiento. Así la vuelta les llevó mas tiempo del que esperaban, faltándoles provisiones y haciendo mella en ellos enfermedades de alta mar como el escorbuto. Según Garcilaso, de los diecisiete hombres que partieron de España sólo cinco llegaron a la isla de Terceira, dónde sitúa en ese momento al futuro Almirante de la Mar Océana Cristóbal Colón. Otros lo sitúan en esos años en la isla de Porto Santo en Madeira dónde vivía con su esposa Felipa Moniz, hija del gobernador de la mencionada isla. Otros por contra, lo ubican en la isla canaria de La Gomera tradición que nos ha llegado a través de un bonito romance de siglo XVI que confirman, aún más, las habladurías que recalaban en cada puerto.
Sea como fuere el maltrecho Alonso relató los avatares de su periplo a Cristóbal Colón, a qué latitud fue, a que latitud regresó, los vientos que lo hicieron posible y el tiempo que empleó. Poco después el marino muy mermado por los meses de escasez fue devorado por la enfermedad y murió. Durante los siguientes ocho o nueve años, Colón releyó a los clásicos y recabó nuevos datos náuticos llegando a la conclusión de que la tierra descrita por el marinero extraviado que un día arribó a las costas de su pequeña isla atlántica, no era otra que la isla de Cipango mencionada por Marco Polo y defendida por Toscanelli, allá en el extremo de las Indias Orientales. Con dicha convicción buscó una fortuna que le financiara su certero viaje hacia las Indias. Tras varios y conocidos fracasos finalmente la reina Isabel I de Castilla “la Católica” lo emplazó para después de la guerra de Granada, hecho consumado un dos de enero de 1492 y rubricado un diecisiete de abril con el encabezamiento "de lo que ha descubierto"… Y el resto ya es historia conocida por todos.
En los jardines del Generalife queda una placa escondida entre hiedras y glicinias recordando al Inca Garcilaso (foto original)
Hace una semana paseaba por los alrededores de la ermita de San Sebastián de Granada, uno de los mas claros ejemplos de morabito de época almohade de la Península ibérica y lugar en el que tradicionalmente se considera que fue el escenario en el que Boabdil “El Rey Chico” entregaba las llaves de la ciudad de Granada a Fernando II de Aragón “El Católico”, una escena que muchos tendréis pintada al óleo en vuestra memoria por el cuadro de Francisco Pradilla. Poco después, a la sombra de un gran álamo de la extensa ribera del río Genil se ofició la primera misa de la nueva era católica. Era un viernes dos de enero de 1492 y hacía un par de semanas que había llegado al campamento de Santa Fe un genovés de enigmático pasado, trágica historia y aspiraciones truncadas a la espera de una promesa que se materializó un diecisiete de abril. Con las Capitulaciones consiguió los títulos de Almirante y Virrey […] " de lo que ha descubierto en las mares oçéanas y del viage que agora, con el ayuda de Dios, ha de fazer por ellas en servicio de vuestras altezas" […].
Pero volviendo al día que nos ocupa, y haciendo mención al cuarto centenario de la muerte de uno de los celebrados hoy, el Inca Garcilaso de la Vega escribía en el capítulo III de sus Comentarios Reales de los Incas:
“A Castilla y a León,
Nuevo Mundo dio Colón”
En el mismo capítulo da nombre y lugar al rumor que empezó a correr entre los marineros al poco de volver Colón de su primer viaje a las Indias: Alonso Sánchez de la villa de Huelva, el piloto desconocido.
Ya era famoso el llamado piloto anónimo, era una de esas historias con olor a salitre que se cuentan los marineros en las largas jornadas en alta mar, en los fugaces encuentros en los muelles de carga o en las interminables esperas en las cantinas portuarias y que finalmente acababan aposentándose en las villas marineras de uno y otro lado del Atlántico. Garcilaso fue uno más de los que desde niño, allá en el Perú, oía estos comentarios de taberna que llevaban hacía mas de cien años, antes de los pleitos colombinos, corriendo de boca en boca por los puertos del Viejo y el Nuevo Mundo. Gonzalo Fernández de Oviedo, Fray Bartolomé de las Casas, López de Gomara, José de Acosta… cada uno aportaba un dato nuevo sobre el piloto anónimo pero fue el Inca Garcilaso el que nos contó la historia de Alonso Sánchez de Huelva, un comerciante que con su nao hacía el comercio triangular entre las Canarias, Madeira y el continente, que un día de 1484 un temporal lo arrastró a él y su tripulación durante veintinueve días hasta tierras desconocidas. Tras hacer las reparaciones pertinentes y reponer suministros embarcaron de nuevo con la intención de regresar de la misma forma que llegaron, sin conocimiento. Así la vuelta les llevó mas tiempo del que esperaban, faltándoles provisiones y haciendo mella en ellos enfermedades de alta mar como el escorbuto. Según Garcilaso, de los diecisiete hombres que partieron de España sólo cinco llegaron a la isla de Terceira, dónde sitúa en ese momento al futuro Almirante de la Mar Océana Cristóbal Colón. Otros lo sitúan en esos años en la isla de Porto Santo en Madeira dónde vivía con su esposa Felipa Moniz, hija del gobernador de la mencionada isla. Otros por contra, lo ubican en la isla canaria de La Gomera tradición que nos ha llegado a través de un bonito romance de siglo XVI que confirman, aún más, las habladurías que recalaban en cada puerto.
Sea como fuere el maltrecho Alonso relató los avatares de su periplo a Cristóbal Colón, a qué latitud fue, a que latitud regresó, los vientos que lo hicieron posible y el tiempo que empleó. Poco después el marino muy mermado por los meses de escasez fue devorado por la enfermedad y murió. Durante los siguientes ocho o nueve años, Colón releyó a los clásicos y recabó nuevos datos náuticos llegando a la conclusión de que la tierra descrita por el marinero extraviado que un día arribó a las costas de su pequeña isla atlántica, no era otra que la isla de Cipango mencionada por Marco Polo y defendida por Toscanelli, allá en el extremo de las Indias Orientales. Con dicha convicción buscó una fortuna que le financiara su certero viaje hacia las Indias. Tras varios y conocidos fracasos finalmente la reina Isabel I de Castilla “la Católica” lo emplazó para después de la guerra de Granada, hecho consumado un dos de enero de 1492 y rubricado un diecisiete de abril con el encabezamiento "de lo que ha descubierto"… Y el resto ya es historia conocida por todos.
En los jardines del Generalife queda una placa escondida entre hiedras y glicinias recordando al Inca Garcilaso (foto original)
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Tormentas de primavera
Es tiempo de tormentas,
truenos y rayos. Fenómenos ante los que nuestros antepasados
enmudecían. Cuando les sorprendía la ira celeste, corrían a
resguardarse en la habitación más profunda del hogar, o al chozo
más cercano si eras pastor o labrador y te encontrabas desamparado
en mitad del campo. Era tanto su miedo, que los dioses más poderosos de la Antigüedad
siempre se relacionaron con la tormenta. En la Bastetania, el dios
Netón, señor del Trueno y de los Terremotos, tenía su trono en lo
que hoy es Sierra Mágina y era adorado y temido por íberos y romanos en la
antigua Acci (Guadix) junto a Isis. Y probablemente lo fueran también en algún lugar de la antigua Granada, pues conocemos la existencia de
extraños rituales en aquella Iliberri/Ilíberis, cuyas
ruinas reposan esquivas bajo el Albaicín, aunque de estos hallazgos os hablaremos
en próximas entradas.
Ante la violencia
desatada del cielo, aquellos pueblos ingeniaron diferentes formas
para combatir su amenaza. En la Antigüedad se elevaban
plegarias y sacrificios en altares dedicados al dios que, conocido por diferentes
nombres, los desataba (Júpiter, Netón, Airón). En la Edad
Media, los cristianos hacían sonar sus campanas de bronce para
ahuyentarlas – lo que en más de una ocasión provocaba la
fulminante caída de un rayo sobre ellas. Pero también se mantuvo desde los más
remotos tiempos un oficio del que ni cristianos, ni musulmanes ni
judíos pudieron prescindir, quizá por ser el más impresionante y
eficaz hasta el triunfo de la ciencia moderna.
Los "conjuradores" o
"encantadores de nubes y tormentas" se entremezclaron con las figuras
del sacerdote, imán o rabino. Herederos de una tradición ancestral, de
la que solo nos quedan vagas referencias, con sus conjuros hacían que las
tormentas desaparecieran o se alejaran de la población a la que debían proteger. Algunos
llegaron a alcanzar tal poder, que podían lograr que aquellas
nubes desarrollaran todo su potencial y lo descargaran en el lugar
que éstos les indicaran. Todavía hoy, bajo la sombra del Aneto y la
Maladeta en los Pirineos (fijaos el parecido de Aneto con Netón
-aunque su significado sea Ai-neto, “El pico más alto”, y
el nombre de su macizo rocoso, ya que Maladeta significa de “La
Montaña Maldita”), se conservan cerca de algunas iglesias unas
pequeñas construcciones cubiertas, llamados esconjuranderos,
comunidors o
reliquiers, que dominan una panorámica excelente de su entorno y
desde donde aquellos sacerdotes entonaban sus conjuros. Incluso se
han conservado en antiguos libros y refranes parte de su contenido:
En San Vicente de Labuerda gritaban "Boiretas en San Bizien y
Labuerda: no apedregaráz cuando lleguéz t’Araguás: ¡zi! ¡zas!".
En 1529, lejos de estar este oficio en decadencia, el inquisidor fray
Martín de Castañega criticaba en su "Tratado muy sutil y bien
fundado de las supersticiones y hechicerías y vanos conjuros" la
proliferación de conjuradores que “juegan con la nube como con una
pelota” y “procuran echar la nube fuera de su término y que
caiga en el de su vecino” (para más información sobre los
esconjuranderos pirenaicos,
http://www.tiempo.com/ram/2043/ahuyentando-tormentas/)
Si esto sucedía en el
norte cristiano medieval, del sur dominado por el Mulhacén tenemos
un testimonio mucho más cercano a Granada. En el siglo XIII un monje escribía
probablemente en Santo Domingo de Silos un poema en honor al conde
Fernán González. En él hemos encontrado una referencia, que hasta ahora había pasado desapercibida, de cómo también los moros en el sur mantenían este
extraño ritual ancestral. Nos dice aquel monje en boca del buen conde:
476 «Los moros, bien
sabedes, se guian por estrellas,
non se guian por Dios,
que se guian por ellas;
otro Criador nuevo
han fecho ellos d'ellas,
diz que por ellas veen
muchas de maravellas.
477 Ha y otros que
saben muchos encantamientos,
fazen muy malos gestos
con sus espiramientos,
de revolver las nuves
e revolver los vientos
muestra les el diablo
estos entendimientos.
(Poema de Fernán González, vv. 476-477)
A los ojos de aquel clérigo castellano lo que estos sabios realizaban era una simple práctica impía y pagana a despreciar. Algo que en realidad revela el temor de aquellas gentes, cristianas o musulmanas, sobre sus sobrecogedores efectos y la ignorancia sobre su misterioso significado y origen. Sin duda, no es más que el fiel
reflejo de cómo perduraron en aquella Espanna, Sefarad, Al-Ándalus
medieval, las creencias populares de los tiempos antiguos.
Es fácil imaginarnos
cómo desde el blanco Albaicín, la roja Alhambra o el pardo Mauror
coronado por las Bermejas, desde alguna pequeña torre que dominaba toda
la Sierra Nevada del Sulayr, algún esconjurandero desplegaba todo su
formidable poder en días como éste.
domingo, 27 de marzo de 2016
El Pozo Airón
Entre las dos grandes calles históricas de Granada, la de época musulmana: Calle Elvira, y la que es el símbolo de la ciudad burguesa: Gran Vía, hay una pequeña callejuela que va a dar a una plaza sin salida. Esta plaza está en la trasera de la famosa Casa Cuna, que a su vez se encontraba en su día enfrente de las Casas de la Inquisición; otro lugar cercano que cabe la pena recordar es la Casa de las Tumbas, donde se encuentra un antiguo baño árabe prácticamente desconocido para la mayoría de los granadinos.
Pues bien, tenemos que en esa pequeña plaza, totalmente oculta a los transeúntes que van de Gran Vía a Elvira, existe un pequeño brocal de pozo cegado, ese pozo que apenas se adivina entre el suelo de la plaza es uno de los más antiguos orificios por los que las entrañas de la tierra daban a los primeros pobladores de esta tierra una idea de lo terrible e ignoto que era para ellos el mundo que existía bajo sus pies. El pozo del que hablamos no es un pozo cualquiera, por las fuentes escritas y las historias que más adelante os contaremos podemos darle a ese pozo un nombre, el de pozo Airón. Airón, como el dios de los pueblos prerromanos encargado de custodiar las aguas subterráneas y el inframundo.
Hasta aquí esta pequeña introducción, quedaos con este sitio y el nombre de ese pozo, porque pronto los amarillentos documentos que hemos podido consultar nos habrán de contar las maravillas pero también las funestas crueldades que en torno a esa plaza se han dado cita, y lo más sombrío de todo: los silencios, los ubicuos y lacerantes silencios con que nos vemos siempre obligados a cerrar la mayoría de nuestras indagaciones.
domingo, 8 de noviembre de 2015
El Golem II
Decíamos sobre el Golem que llegó oculto en un libro: apenas unas cuantas páginas y un puñado de palabras en árabe y en hebreo. Le acompañaba un pequeña bolsa llena de arena de Israel. A media noche ya se había consumado la creación, tan solo un ser más sobre el planeta, uno de los tantos miles que nacerían esa noche, solo que el Autómata no nació, el Autómata fue creado por hombres, por verbos e ideas. La cueva del Mauror fue su útero y unos viejos magos sus padres. Su llanto, el de los miles de corazones en Granada que aquella noche, sin saberlo, olvidaron antiguos amigos, nuevos amores y eternas esperanzas: para la creación del Golem infinitos futuros y posibilidades fueron sacrificados y ya nunca podrían llegar ser; el Autómata salió de la cueva para perderse por las calles de la judería...
Lejos de allí, pero en ese mismo instante, otro libro: un batiburrillo de sonidos, risas y el crepitar de una lumbre. Saúl había reunido a sus amigos en un monte cercano a Granada donde hoy día encontramos la abadía del Sacromonte, les contaba historias y fantasías, una escena igual se estaría repitiendo en tantas otras ciudades. Pero las historias de Saúl no eran disipadas por el aire, sus fantasías se pegaban al tejido de la realidad. Saúl creaba, las historias de aquel joven nacían al mundo para habitarlo y llenarlo de nuevas posibilidades.
Era noche cerrada y solo iluminaban la luna y las antorchas de los soldados que hacían guardia en la alcazaba a lo lejos, sus amigos se habían ido pero Saúl pensaba en lo que había sentido hace apenas unas horas. Lo mejor seria ir a investigar a la judería.
Fotografía: Mazmorras en el Carmen de los Catalanes, donde la leyenda sitúa el nacimiento del Golem.
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viernes, 9 de octubre de 2015
El Cromlech de Dilar I
Las Agujas de Dílar
Un cromlech es un tipo de monumento
megalítico compuesto por varias piedras -menhires- formando un círculo.
Este tipo de monumento megalítico es de los más escasos, conservándose
muy pocos cromlech en el caso de la Península Ibérica. Por eso nos
debería sorprender el extraño hallazgo de uno de estos monumentos del
pasado en unas latitudes tan meridionales como las nuestras, en concreto
en un paraje denominado como Los Toriles, cerca del pueblo de Dílar.
Según se cuenta en el libro ''Antigüedades Prehistóricas de Andalucía''
de 1868, fue un vecino del pueblo quien mientras cazaba dio con unas
piedras labradas de lo que se supuso que era la cámara funeraria de un
gran túmulo, la codicia del mismo protagonista del hallazgo fue también
la causante de su destrucción, puesto que pensando que estaba ante un
lugar rico en minerales, formo una compañía minera que en su búsqueda de
piedras preciosas destrozó el monumento. Solo gracias a la curiosidad
del pintor D. Martín Rico, nos ha llegado al presente una representación
de la extraordinaria y arcana presencia de estos megalitos en nuestra
tierra. El cuadro del pintor se puede observar hoy día en uno de los
museos de la ciudad de Granada, siendo la historia del monumento, sin
embargo, totalmente desconocida al gran público granadino. Los restos
que se salvaron de la destrucción fueron a parar a la ya desaparecida
Fábrica de Bayetas de Dílar, perdiéndose a partir de entonces el rastro
de los menhires que componían tan precioso documento.
El Círculo de Piedras, o Stonehenge / Henge de Dílar, en realidad eran tres círculos de piedras megalíticos hoy perdidos.
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