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“Se retrata el barrio predilecto / de los amigos de las Musas / el Albaicin famoso / congregados estos por Afán de Ribera / en su huerto de las Tres Estrellas”
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jueves, 2 de noviembre de 2017
Un pintor japonés en la Alpujarra: Shu Ichimura
En lo más alto del barranco de Poqueira un pintor japonés quedó tan cautivado por la belleza de la Alpujarra que decidió dedicar el resto de sus días a retratar el espíritu de Sierra Nevada. Shu Ichimura murió en 2004, pero dejó un legado que fusionaba la fina y delicada pintura de tradición japonesa con las formas y los tonos de Dalí y la atmósfera mágica de Granada. En el Mesón Poqueira de Capileira, donde se alojó en su nueva tierra de adopción, mantienen una buena parte de su obra, y queremos adjuntaros algunos de sus cuadros:
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domingo, 27 de marzo de 2016
El Viento de la Sierra II
¡Tambores rudos y graves cuernos! Y viento, siempre el viento, a veces gemido y otras rugiendo mientras subía por la Laguna de la Mosca hasta la atalaya de piedra y laja donde me encontraba.
Y siempre después del poderoso soplido la temida calma, y aquellos sonidos, cada vez más potentes y más terribles: se oían cánticos y palabras timbradas por lenguas de fuego y exhaladas por pulmones encharcados. Cada vez mayores eran las pausas y más tiempo pasaba desde que el viento las hacia callar. Yo me desesperaba entonces, como si fuera la ventolera, la respiración del ser más querido que veía desvanecerse y perder fuelle.
En aquel instante debí de perder la cordura.
Recuerdo que al poco de notar como el viento comenzaba a amainar una pena abrumadora se apoderó de mi, y de aquel sufrimiento que debió traer esa marea infernal supongo que provendrán las historias propias de un enajenado que relate a los montañeros que me rescataron al día siguiente.
Según me han contado, puesto que no recuerdo ya nada, me encontraron brincando por las cercanías de la Laguna de la Mosca mientras simulaba ser una cabra, de las pocas frases coherentes de las que pudieron extraer algún sentido contaron los montañeros que no paraba de repetir y loar el nombre de Mahmmud, a Mahmmud el Macho Cabrío y rey de los vientos de la Sierra.
Por lo que he podido saber después, algunas leyendas de los pastores serranos hablan de ciertos días en los que se puede escuchar como el viento trae a las laderas donde están los rebaños sonidos de músicas antiguas, y que entonces es normal ver como las cabras enloquecen y algunas se escapan brincando a lo más profundo de la Sierra para no volver jamás.
Todavía hoy, cuando sopla el viento, puedo sentir algo de esa pena tan salvaje que se apoderó de mi aquel día, y mi mirada siempre me lleva a la montaña donde el Gran Mahmmud reúne a las cabras para bailar y cantar los bailes prohibidos de tiempos remotos.
El Viento de la Sierra I
Hay pocas cosas en la sierra: soledad, cabras, rocas y viento; y a veces nieve, pero aquella tarde de junio lo único que había era escarcha en las umbrías. En eso pensaba yo mientras subía solitario a la loma más cercana al refugio donde tenía pensado pasar la noche. Aullaba una ventolera de mil demonios, de esas que esperas que acompañe al sonido de las ramas crujiendo y de los toldos moviéndose, pero allí no había nada de aquello, por eso soplaba y soplaba el viento, intentando que algo le hiciera caso entre tanta aspereza. Nada.
Nada hasta el punto que pensé yo mismo con pena en lo triste que era ser viento en esta montaña tan orgullosa. Seguí allí unos minutos más, esperando a que el frío me entrara hasta los huesos para que el lúgubre refugio me pareciese mas acogedor, yo estaba concentrado únicamente en el viento, en lo maravillosa que era su tenacidad. Los minutos pasaban y cada vez más podía notar los matices sonoros de este: silbaba, rugía, se desgañitaba como una orquesta fantasmal en aquel anfiteatro natural de las montañas. Y seguía...
No se si fue la sugestión que tanta soledad alborotada causo en mi ánimo, acostumbrado como estaba a la soledad triste de la vida en la ciudad, pero al pasar de los minutos, ¿cuantos llevaba yo allí?, al pasar de los minutos digo, pude notar como entre las pausas que hacia aquel infierno acústico, otra música, aún mas terrible que la producida por el proceloso respirar de las cumbres, se podía advertir cada vez más clara: eran tambores, tambores rudos y graves cuernos que soplaban cuando se callaba por un momento el sonido del viento.
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