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domingo, 22 de noviembre de 2015

El Golem III



Cuando el barrio judío despertó por la mañana se encontró con la noticia: tres de los más respetados y sabios miembros de la comunidad habían desaparecido. Cuando los encontraron por la tarde el horror se extendió por toda Granada: Cábala negra, brujería, los antiguos espíritus del Mauror se habían vuelto a despertar...Todo eso se podía oír por la Alcaicería y las callejuelas de la ciudad. Los tres ancianos habían sido hallados en una de las cuevas de la colina que hace tiempo se creían selladas; estaban de pie, como inmóviles, con los ojos abiertos y con pulso: estatuas con pulso. Esa noche nadie durmió en toda la ciudad; en la judería...en la judería todos callaban, todos sabían, al menos en parte, que el Nombre de Dios andaba cerca, que alguien había osado convocar la magia más poderosa de todas, la de la vida. Se podía oler en el aire la indecisión, ningún judío en muchas generaciones había convivido con el Golem, pero en todos los corazones latía la tensión de saber que algo estaba sucediendo, un gigantesco ''algo'' desconocido y tan antiguo como la creación. Esa noche se hizo el amor en muchas casas, en todas fue un acto vació y monótono: la vida del Autómata empezaba ya a devorar sentidos y lógicas.

Saúl estaba enterado, había pasado la noche en la casa de su prometida y había oído de la boca de los padres de ella todo lo que se contaba en la ciudad. De hecho tan solo necesitaba una confirmación a su inefable miedo, necesitaba poner imagen a este, aunque fuera en forma de cuchicheos y murmullos caóticos. Se fue a la cama temprano, había un amigo suyo, alguien que conocía muy bien las cuevas, lo que esconden y lo que escupen a la noche cuando la oscuridad de sus huecos se condensa lo suficiente como para crear sombras con la voluntad necesaria para querer salir y probar el frío empedrado de las calles granadinas...Mañana iría a hablar con el.

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Sigrid Rødli illustration for Gustav Meyrink's The Golem (1914).



lunes, 19 de octubre de 2015

Una sañosa porfía

Escudo en una casa del Realejo

Una sañosa porfía. Juan de la Encina:

''Una sañosa porfía
sin ventura va pujando
Ya nunca tuve alegría
ya mi mal se va ordenando.

Ya fortuna disponía
quitar mi próspero mando
Qu'el bravo León d'España
mal me viene amenazando

Su espantosa artillería
Los adarves derribando
mis villas y mis castillos
mis ciudades va ganando...''

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viernes, 9 de octubre de 2015

Antiguos Saberes

Nos cuenta George Borrow, un misionero ingles, que estando en Granada con el objetivo de convertir al protestantismo a la población gitana de la ciudad, fue testigo de como los gitanos se daban cita en las cuevas del Sacromonte para hablar sobre las ''cosas de Egipto''. Hoy, mientras holgazaneaba con mi amigo en la Placeta del Sol, conocida por las buenas gentes como ''El Lavaero'', observe un hecho que servirá, junto con la historia de Borrow, para justificar la extravagante conclusión que os brindo al final de este texto. 

Bien, estaba yo con mi amigo fumando y bebiendo cerveza cuando un egiptiano revolucionó lo que en estos momentos era el ocaso de una conversación sobre mujeres. Al gitano no podre describirlo, puesto que antes de que se sentara tras una columna paralelo a nosotros y empezara delirar no le habíamos prestado atención alguna: -Personajes costumbristas en Granada los hay en numero suficiente como para que la aparición de uno de ellos no llegara a interrumpir nuestra entretenida conversación-, eso fue lo que debimos pensar, después llego la sorpresa. Esta llego como lo suelen hacer las sorpresas, con impertinencia y molestia: el gitano, del que solo veíamos su sombra nerviosa y de contorno dorado por el sol del atardecer, empezó a hablar en tono de protesta sobre distintos asuntos ridículos y absurdos, su dialogo violento provoco en un primer momento que las palabras apagadas que aun se resistían a irse con el atardecer a otro lugar mas concurrido de la ciudad quedasen mudas. En ese momento mire a mi amigo y después a la botella de cerveza que acabábamos de terminar, supongo que si el gitano no hubiese cambiado de repente y sin que lo notásemos el contenido de su verborrea, aquella mirada hubiera bastado para provocar que mi amigo me sugiriese la idea de irnos de allí. Pero las palabras locas de aquel hombre estaban tensando de tal manera el ambiente que nos empezaba a incomodar siquiera el movernos. Fue entonces cuando oímos por primera vez la palabra ''vikingo'' de boca del gitano, nuestro asombro vendría cuando nos dimos cuenta de que aquel hombre no hacia otra cosa que declamar en ese instante algún fragmento de una saga nórdica; pronto se rompió aquella ilusión y de nuevo el torrente de palabras volvió a ser un batiburrillo de quejas y frases inconexas. Cuando aun no nos habíamos repuesto del todo de aquel rayo sin nube otro fulgor sobresaltaba nuestros oídos, ahora con ribetes orientales: puesto que aquel gitano empezaba a divagar sobre los orígenes judaicos del barrio, -nos encontramos en el Realejo, punto neuralgico de la Garnata al-Yahud- y sobre el monoteismo de los hebreos...del cual negó su originalidad ya que antes Akenaton había hablado de un Dios único!. Yo no podía salir de mi asombro, en ese momento me hubiera esperado, en caso de que la escena no se hubiera visto interrumpida por la llegada de unos amigos del gitano loco, haber podido escuchar retazos del Popol Vuh, alguna historia sobre la Ciudad de Bronce o incluso sentencias de antiguos filósofos.

Me despedí de mi amigo en Plaza Nueva, desde que bajamos desde el ''Lavaero'' no pronunciamos apenas palabra, mas que para convencernos el uno al otro de la escena tan extraña que habíamos presenciado. Pronto cogí camino a mi casa que estaba en la otra punta de la ciudad, mientras caminaba me acorde de aquel misionero protestante y las historias que contaba sobre los gitanos de Granada. Cuando salia de Calle Elvira atravesando la puerta monumental que formaba parte de la antigua muralla de ciudad, escuchando a lo lejos el guirigay de risas, voces infantiles, gritos y músicas de calle que forman la orquesta diaria de la ciudad, fui preso de una revelación. Queda aun un saber antiguo y mágico entre los gitanos del Sacromonte y el Realejo, un saber que no se aprende sino que se respira y que termina por afectar a los que viven largo tiempo cerca de las cuevas y los antiguos hornos donde antes se reunían aquellas gentes. Es posible incluso que en cierta medida la locura que de vez en cuando se manifiesta entre los naturales de Granada, esa locura que no es paralela a la locura de la modernidad que es el marchamo de las grandes urbes, sino que es aun una locura romántica; es posible aun como digo que esa locura no sea otra cosa que los restos de aquellas ''cosas de Egipto'' que los gitanos y probablemente antes los árabes trajeron desde oriente a este enclave de romanticismo dentro del caos de la posmodernidad.

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